lunes, 14 de noviembre de 2016

Alturas


El última día de cada mes subía a la azotea del edificio más alto de mi ciudad. Allí, con el viento dibujando figuras con mi pelo, ensanchando mi camisa y creando corrientes que hacían bailar a mis manos y a mi mente, me sentaba y reflexionaba sobre el mes que acababa de terminar.

Las alturas me aportaban una tranquilidad que el suelo nunca había conseguido. Podía soñar que levantaba el vuelo y viajaba lejos, como un colibrí buscando el calor, podía imaginarme cayendo con el aire traspasando mi piel y podía verme convirtiéndome en materia y uniéndome a la brisa.

En la altura, veo a todas las personas pequeñas y me siento inmortal, invencible, grande. Siento que tengo el mundo en mis manos y puedo hacer lo que quiera con él.

No necesito alas para volar si mi alma es ligera, no necesito alas para volar si libero mis cadenas, no necesito alas para volar si mi corazón se atreve a hacer volteretas y a tirarse desde un trapecio.

Debajo de mí todo está contaminado, el pavimento está desgastado, las flores son cortadas por niños ridículos que quieren ser románticos. Aquí arriba se respira tranquilidad, libertad, pureza.

Allí nadie se pregunta nada, siguen la rutina impuesta como el mecanismo de un reloj, caminan sin pensar, un pie tras otro, miran sus móviles pero no observan la pequeña rendija de luz que se abre paso a través de la alcantarilla. Aquí escribo mi propio libro de filosofía, la luz entra a raudales en mi retina.

Ojalá pudiera vivir aquí.

Pero mi hora de descanso ha acabado y tengo que volver allí.

lunes, 7 de noviembre de 2016

Declive

Quizá solo intento ocultarme en este océano de colores:
labios rojos que destacan sobre la tez pálida,
mechones llamativos tapando la cara,
coronas de flores rosas en la cabeza,
sombra verde en los párpados
y pómulos decorados con colorete.

Las manos se me vacían de ilusión,
duermo pero no sueño.
Cierro lo ojos,
lo único que veo es oscuridad,
la esperanza se tiñe de negro.

Intento adornar la depresión con palabras melifluas,
pero se marchitan
antes de comenzar a florecer.

Camino, corro, me desplazo,
aleteo pero no alzo el vuelo,
emprendo la huida,
pero a todas partes me persigue mi enemigo.

La contaminación está en mí
-me digo y veo derretirse el hielo en el vaso de ginebra-
Muerto el perro,
se acabó la rabia
-añado.

El corazón tiene voz de tambores.
Me siento valiente al destrozar mis muñecas.
La partitura marca el ritmo,
dibujo una clave de sol,
una negra,
una blanca,
una corchea.

La música se vuelve muda.

lunes, 31 de octubre de 2016

Líquido

Los pequeños charcos de la ciudad se habían convertido en hielo, o al menos la capa superior de ellos. El poco aliento de vida que salía de mi cuerpo se volvía visible al poco de expulsarlo, mis manos estaban escondidas en mis bolsillos, al igual que mi pelo, por dentro del gorro de lana.

Caminaba con la música sonando alto en mis cascos como único acompañante y la ciudad se me antojaba un lugar completamente diferente al que era unas horas antes. Era como si al cambiar mi interior el exterior hubiera hecho lo mismo y todo me parecía distinto, incluso yo misma.

Apenas unos minutos antes me había mirado en el espejo y mi mirada no parecía mía, mi cuerpo no era el que recordaba. Sentía que mi alma había pegado un estirón y ya no cabía en mi cuerpo.

En mis cascos sonaba una canción de rock y me di cuenta de que había puesto su lista de reproducción en un acto mecánico. Parecía que haber pasado toda la tarde con él no era suficiente y quería sentirle conmigo incluso estando separados.

Y, en realidad, lo que había causado ese cambio había sido algo fugaz, instantáneo. Sus manos tocando mi piel desnuda, intentando y consiguiendo llegar a mi alma. Nuestros cuerpos se habían entremezclado hasta llegar a un punto en el que no se sabía dónde empezaba el suyo y dónde el mío y era precioso verle suspirar, gemir y disfrutar tanto de mi cuerpo como yo del suyo.

Habíamos follado antes y había follado con otros chicos y chicas antes de él y algunos habían significado mucho para mí pero, desde luego, no tenía nada que compararse a lo que sentí con él aquella tarde.

Casi podía tocar el amor, podía sentir la confianza que me dejaba en cada uno de sus besos por mi pecho, podía sentir que me regalaba parte de él en cada caricia, para que me la quedase y la guardase.

Al terminar había descansado su torso sobre el mío y había apoyado la cabeza en el hueco de mi cuello. Le había arropado con mis brazos mientras su respiración se volvía más ligera y, cuando eso ocurrió, rodó para tumbarse a mi lado. Me giré sobre mi costado y comencé a dibujar sobre sus pectorales y su abdomen.

-Me voy a tener que ir -dije.

-Vale -respondió él.

Y no dijimos nada más, porque lo que habían dicho nuestras manos y nuestros labios en la cama era suficiente explicación.

lunes, 24 de octubre de 2016

Arte

Hoy he destapado todos los espejos porque me sentía valiente.
Mi reflejo estaba desnudo, por primera vez en mucho tiempo. Mi cabeza era un libro, mi cuerpo un lienzo. Todos mis sentimientos estaban escritos en las páginas del libro, todos mis recuerdos dibujados en el lienzo. Los colores y las palabras saltaban fuera de su soporte y llenaban todo de vida.
Y me he sentido bonita.
Todos estos años he creído que el maquillaje y la ropa taparían la carencia de complejidad, que me harían parecer más interesante. Hoy me he dado cuenta de que la simpleza es mi máxima cualidad.
Todo lo que pienso, todo lo que siento está en mi interior. Está escrito, dibujado, musicalizado en mi alma. Las cosas bonitas empiezan en el interior, en ese punto en el que la máscara es un simple accesorio y el cuerpo desnudo es la parte central del espectáculo.
¿La máscara soy yo o yo soy la máscara? Me he diluido en un mundo de colores, de baterías, de libros.
Sin embargo, de vez en cuando, la escritora reclama atención y decido escucharla, porque ella tiene mucho que decir en mi vida.
Me dice que me mire al espejo, que me desnude... solo durante un momento.
Y me gusta lo que veo.
Soy lo que siento y lo que siento me gusta. Es tan cálido que podría derretir el más frío invierno. Es tan colorido que podría causar una explosión de color en el agujero negro más profundo de todos.
Mi escritora me dice que mi bailarina, mi cantante, mi jovial, mi risueña, mi inmadura son más bonitas que ella. Pero mi escritora hace todo de corazón y quiero abrazarla, quiero besarla, quiero quererla muy fuerte.
Pero, antes de que pueda hacerlo, ella desaparece y me quedo sola enfrente del espejo.
Cierro los ojos, los pensamientos vuelven a su libro, los recuerdos se mimetizan con mi piel.
Escucho la voz de mi escritora.
"Yo soy tú. Sin ti yo no existiría"
Y sé que sin ella, yo tampoco existiría.

lunes, 17 de octubre de 2016

Dualismo

-Estás muy perdida -escuché una voz parecida a la mia.
Abrí los ojos y me incorporé. Mi cuerpo pesaba muchísimo y me costó despegar la espalda del colchón. No podía echar mano de mis recuerdos, no era capaz de acceder a la parte del cerebro donde se encontraban las emociones. No sabía reaccionar, como si una parte estuviera muerta.
-¿Esto te hace feliz? -escuché que repetían.
Apoyé un pie en el suelo y aparté una botella vacía de ginebra. La cabeza venció y se cayó entre mis piernas antes de que la boca comenzara a vomitar.
Mi cuerpo no era mío, estaba alejada de todo. Veía la escena como una mera espectadora, como si fuera una película y yo estuviera comiendo palomitas al otro lado de la pantalla.
-¿Te sientes plena? -pregunté.
La protagonista del film se levantó de la cama, no parecía notar los cristalitos que se le clavaban en la planta de los pies. Caminó hasta situarse de frente al espejo y su imagen ocupó todo el plano.
Al otro lado, la protagonista se vio a sí misma comiendo palomitas y se levantó hasta situarse de cara a ella.
-¿Quién eres? -me preguntó.
Guardé silencio al principio, pero parecía que mi boca sabía la forma de las palabras que tenía que pronunciar.
-Soy la parte de ti misma que todavía no ha muerto -contesté.
Vi que recibía la respuesta como un cañonazo y bajó la cabeza.
-¿Estoy muerta? -pregunté yo, ¿o era ella?
-¿Puedes recordar algo?
-No.
Alcé la mano hasta tocar la pantalla y ella hizo lo mismo con su espejo. Nuestras manos encajaban, como si fueran las mismas. Pero nosotras éramos personas diferentes, ¿no?
Cerré los ojos y al abrirlos me vi a mí misma a través de un espejo. La habitación estaba sucia, olía a alcohol y no se escuchaba nada. Me concentré en el frío suelo bajo los pies porque no quería perder el contacto con mi cuerpo.
-Es como si te hubieras olvidado de quién eres. De quién te quiere y te respeta, de quién te aprecia. Confundes ayuda con manipulación, amor con pasión. Pareces no recordar la fuerza interna que hacía que tu alma se moviese -dijo la persona del otro lado del espejo.
-Quizá mi alma ya no existe o se ha cansado de moverse.
-Veo en tu interior un montón de color,  mucha vida, mucha luz; pero te empeñas en empañarlo todo bajo ropa cara y alcohol.
Me dejé caer sobre las rodillas y me envolví en mí misma. Ella me acompañó y tocó el espejo en el mismo lugar donde estaba mi rodilla. Me permití llorar.
-Es el momento de aceptar que existe un vacío en vez de intentar llenarlo de placeres momentáneos. Es el momento de abrazarte -dijo.
Sentí su mano tocando mi rodilla y cerré los ojos para que las lágrimas no escocieran.
Al dejar la oscuridad y encontrarme con la luz, mi cuerpo estaba pasando la pantalla. Primero los dedos, después las muñecas, los codos, los hombros. Situé cada parte de mi cuerpo en la de ella y me fundí poco a poco.
-Muchas gracias -pronunció ella.
Yo solo envié calidez por todo su cuerpo y sonrió.
Una vez juntas, ni el alcohol ni los objetos podrían parar el camino hacia la reconciliación.

lunes, 10 de octubre de 2016

Transmigracuón

Cerró los ojos, estiró la espalda y echó los hombros hacia atrás. Intentó relajarse, pero los músculos se empeñaban en seguir tensos.

-Es normal que tengas miedo -escuchó-, yo también lo tuve la primera vez.

-No tengo miedo -se apresuró a contestar.

Sintió que le acariciaban la espalda en un intento inútil de destensarla. Después un apretón en el hombro y ella supo que había llegado el momento.

Se concentró en el cuerpo que estaba enfrente de ella, formó una imagen mental de la figura, todas las curvas, pliegues, redondeces. Trazó las líneas de su mente muerta e imaginó que su alma salía de su cuerpo y se metía en la de la otra persona.

Cuando abrió los ojos, vio su cuerpo inerte enfrente.

De repente, ya no era ella. Sus recuerdos y, por tanto, su esencia, había quedado arrinconados en un lugar de su mente tan recóndito que no era capaz de acceder a ellos. En las capas de su conciencia revoloteaban los recuerdos de la muerta y se dio cuenta de que su forma de actuar, su personalidad, sus pensamientos, ya no eran los propios.

Miró asustada a un lado y a otro y gritó que eso no era lo que ella quería, que quería tener su misma personalidad.

-Desactívala -le indicó su maestro.

Se volvió a concentrar e intentó agarrar la parte de conciencia que le quedaba, la atrapó con fuerza y tiró de ella hasta que la situó en el centro de su cerebro. La estiró para que inundara todo y, por fin, lo consiguió. Volvía a ser ella.

Su maestro la miró primero y después observó su antiguo cuerpo.

-¿Qué quieres que haga con él?

-Tíralo, quémalo, guárdalo. Me da igual.

-¿Estás segura de que quieres hacer esto?

Ella asintió y se fue contoneándose camino a una nueva vida.

Había dejado el cuerpo que tantos problemas le había causado y, con él, había abandonado los complejos. Se había convertido en una mujer nueva segura de sí misma.

O eso pensaba ella.

Pronto se dio cuenta de que pese a tener un cuerpo magnífico, seguía sin sentirse cómoda. Seguía sin poder callar a la vocecilla que le decía que era ridícula o que era una pérdida de tiempo y espacio.

El cuerpo no deja de ser un mero soporte del alma y esta no había dejado de estar acomplejada.

Si quería un cambio verdadero en su vida, tenía que empezar por el interior y no por el exterior.

lunes, 3 de octubre de 2016

Fugacidad

Se sentía vacío. Después de que el chico se hubiera ido, lo único que sentía era un hueco en su alma tan grande que apenas le dejaba espacio para otro sentimiento. Se preguntó si la fugacidad de un momento de pasión merecía la pena a cambio de estar varios días conviviendo con ese espacio.
No entendía por qué no le hacía sentirse mejor mantener relaciones sexuales con chicos. Una vez se iban, caía de nuevo desde un décimo piso.
Pensaba que para intentar olvidarse de su exnovio lo mejor era hacer lo mismo que hacía con él con otros chicos, pero pronto descubrió que era contraproducente.
Deseó coger el teléfono para llamarle y decirle que le echaba de menos.
Pero sabía que eso tampoco era lo que quería.
Quería volver atrás en el tiempo, quería vivir en sus recuerdos, quería que todo volviera a ser como al principio de la relación.
No era posible, sin embargo.
Así que tocaba aprender a vivir en soledad.

lunes, 26 de septiembre de 2016

Pecado

No recordaba la última vez que no me había sentido cansada. Parecía que el insomnio se había mezclado con mi sangre y ahora fluía por mis venas como parte de mi anatomía.
Los párpados luchaban por mantenerse abiertos, y la cansina voz de la profesora no me ayudaba a permanecer despierta. Mi compañero de pupitre me dio un golpe en el brazo para que me despertase.
-¿No has dormido bien? -preguntó.
No he dormido. Punto. Quise contestar, pero en su lugar negué con la cabeza. Hacía mucho tiempo que no mostraba mis sentimientos, que mi cuerpo estaba rígido mientras que mis pensamientos autodestructivos se volvían flexibles para integrarse perfectamente en todos los rincones de mi mente.
La clase acabó, por fortuna, y yo me escabullí entre la gente porque no me apetecía que me preguntaran por qué las ojeras me llegaban hasta las mejillas o por qué tenía los ojos hinchados e inyectados en sangre.
Casi me sorprendía la facilidad que tenía cualquier cosa para derrumbarme. Me hacía pensar que mi felicidad estaba construida con porcelana fina y delicada, destructible con el mínimo golpe que le propinasen.
Mientras caminaba de vuelta a casa recordé la sonrisa de mi mejor amigo cuando cuatro meses antes había empezado a salir con un chico. Y cómo, ahora, tenía que rascar tiempo para poder tomar un café juntos.
Era un café lo que necesitaba para poder seguir con mi rutina diaria si no quería dormirme en pie. Hacía dos días que había salido de fiesta y el sentir el alcohol  en mi estómago después de casi tres meses sin beber me había hecho plantearme por qué lo había dejado. Solo quería dormir más de cinco horas seguidas y la idea de emborracharme hasta perder el conocimiento resultaba demasiado tentadora.
Casi sin recibir la orden, mis piernas se movieron hasta el supermercado más cercano y allí compré una botella de un litro de ginebra. Caminé con paso rápido hasta llegar a casa y me senté en el suelo con la botella enfrente de mí. En mi interior se libraba la batalla del siglo. Beber o no beber: he ahí la cuestión. Sabía que no debía caer en mis antiguos hábitos, pero también sabía que lo siguiente a emborracharme era dormir. Y de verdad lo necesitaba.
Escuché la voz de mi amigo diciéndome que no lo hiciera, que había otras alternativas para poder dormir.
Bueno, si estuvieras aquí no estaría teniendo este debate, porque podría estar hablando contigo.
Agarré la botella y me llené la boca. Después tragué y el alcohol me quemó la garganta. Lo sentí aterrizar en mi estómago vacío. Sabía asqueroso. Pensé que si bebía rápido no me desagradaría tanto. Basándome en esa idea, cogí carrerilla. Me llenaba la boca, tragaba y volvía a empezar. No paré hasta que acabé con la mitad de la botella.
Me levanté y sentí la lengua entumecida, las piernas flojas y la cabeza dando vueltas sin parar.
Si creía que iba a tener ganas de reírme, me equivocaba. Solo me apetecía llorar hasta quedarme sin alcohol en las venas, llorar hasta quedarme deshidratada, llorar hasta que se me olvidara por qué había comenzado a llorar.
Lo que fue el llanto más grande de mi vida comenzó con una única lágrima resbalando tímidamente por mi mejilla, desgastando el maquillaje que me había aplicado unas horas antes. A esa le siguió otra, y otra, y otra y al final cayó una gran cascada que empapó el suelo de mi habitación.
Me sentía tan sola.
Mi madre trabajaba demasiadas horas como para escucharme, el cerebro de mi padre era demasiado lógico como para entender mis sentimientos, mi mejor amigo solo tenía tiempo y ojos para su novio y mis otros amigos estaban demasiado ocupados en la universidad.
Todo el mundo parecía tener algo mejor que hacer que preocuparse por mí, incluso yo misma. Llevaba tiempo sin cuidarme, pero los últimos habían resultado catastróficos. No cuidaba mi alimentación, hacía tiempo que no me calzaba las deportivas, había vuelto a fumar. Y el culmen de esa intoxicación era la media botella de Larios que me había terminado yo solita.
Quizá me de un coma etílico. No importa. No me importa. A nadie le importa.
Me tumbé en la cama y cerré los ojos. Por fin encontré la tranquilidad que llevaba meses buscando.

domingo, 18 de septiembre de 2016

Flecha

En un mundo liderado por hombres, ser mujer no es fácil. Si ser mujer hubiera sido sencillo, entonces ella hubiera tenido la mismas oportunidades que todos los demás chicos que se presentaban pero, al tener vagina, tenía que demostrar el doble para conseguir la mitad.
Si el mundo fuera justo, yo lo habría conseguido.
Se buscaba sucesor para el puesto de jefe de tribu. En teoría buscaban una persona, pero estaba claro que lo que querían era un hombre alto y fuerte. La persona tenía que ser capaz de dominar la espada, el arco y otras artes. Artes que ella conocía muy bien.
Cuando Dakota mostró su deseo de presentarse a las pruebas, muchos le dijeron que estaba loca, pero otros muchos la apoyaron y la admiraron. La mayoría de las mujeres pertenecían al segundo grupo y decían que ya era hora de que una mujer obtuviera el mando.
Las pruebas empezaron, no sin impedimentos para Dakota. Pronto descubrieron que era la mejor, incluso antes de que llegara su especialidad: el arco.
Sus flechas estaban en la espalda, el arco en la mano. Ese mismo día habían intentado envenenarla, pero se había sobrepuesto. Porque nadie iba a pararla.
Posicinó la flecha y tensó la cuerda. Apuntó a la diana, respiró y soltó. Cortó el aire y dio en el centro. Siguió lanzando y todas dieron en el centro.
Incluso la últimas, que fueron a parar en el corazón de todos los que no habían creído en ella.

lunes, 12 de septiembre de 2016

Decálogo para el perfecto estudiante



1. Asista todos los días a clase. No importa que haya dormido un par de horas, o que se le haya muerto un familiar, o que tenga depresión. La asistencia es completamente obligatoria, no importa su situación personal.

2. Lleve todos los apuntes al día, al igual que los trabajos. Si tiene un volumen excesivo de ejercicios, no tenga vida social. O no duerma.

3. Memorice. Agarre los apuntes o el libro de texto y lea el mismo párrafo hasta que se le quede grabado en el cerebro y sea capaz de repetirlo como un loro.

4. Vomite en el examen todo lo que ha memorizado anteriormente. Es muy importante que escriba a pie de la letra todo lo que ha estudiado si quiere obtener una buena calificación.

5. No se cuestione nada de lo que le digan. No piense por sí mismo. Asuma todo lo que el profesor o los libros de texto explican como si fuera una verdad absoluta. No se atreva a pensar.

6. No piense en otras cosas mientras está en clase. Aunque la lección sea aburrida y el profesor no sepa atraer su atención, deberá estar atendiendo constantemente. No se lo ocurra dibujar en clase o ser creativo.

7. No diga que un profesor le tiene manía. Evidentemente, los profesores no son personas sino extraterrestres, que no sienten ni agrado ni desagrado por sus alumnos. Si no consigue aprobar es problema de usted, no del maestro.

8. No exponga sus ideas en el aula a no ser que sean iguales a las del maestro. Es una completa falta de respeto no pensar lo mismo que alguien mayor que usted.

9. No tenga un mal día, en especial si está en un examen.

10. No culpe a la presión ni al estrés de sus malas calificaciones. Estos sentimientos son tan reales como los Reyes Magos o el Ratoncito Pérez. Usted solo es un vago.

11. Lo más importante: no critique al sistema educativo porque es perfecto. Usted se tiene que adaptar a las exigencias que el gobierno le impone.

lunes, 5 de septiembre de 2016

Óbito


Todo el mundo sabe que el momento idóneo para atacar un castillo es por la noche. Es en ese momento cuando aparece una grieta de debilidad y el miedo se cuela por ahí.
Por la noche, los valientes guardias tienen menos reflejos, los feroces cocodrilos están dormidos, los inquebrantables muros se derrumban. Es entonces cuando el castillo se ve frágil y desnudo.
Y es que todo cabe en una noche, desde fantasmas hasta musas.

Lo que ocurría con ese castillo es que pasados las 12 estaba demasiado cansado para envolverse en oro, para ocultarse en los enormes jardines. Era agotador permanacer siempre fuerte y ser capaz de soportar cualquier emboscada. No se podía permitir mostrar debilidad o le destruirían.

Por el día era fácil. El Sol iluminaba todo y las pocas sombras que creaba eran tan insignificantes que conseguía hacerlas irrelevantes.Se creía a salvo entre el silencio de las paredes.

Pero cuando la noche saludaba al cielo y despedía al Sol, toda la fachada se caía. El miedo revoloteaba y se posaba en todas las esquinas como si fuera una delicada mariposa.
Cada noche, el castillo rezaba a los dioses para que la luz llegara y todo acabara.  Pero el alba no llegaba y el castillo decidió desestructurarse piedra a piedra hasta que solo quedó un llanura en la que apenas había un par de amapolas.

Pese a lo que pueda parecer, no hay noche eterna y siempre le sucede la mañana, si estás dispuesto a verlo. Los guardias regresaron a sus torres con los reflejos recuperados, los cocodrilos despertaron, las murallas volvieron a su ser.

Pero la luz había tardado mucho en vencer a la oscuridad y ya no había castillo al que proteger.

lunes, 29 de agosto de 2016

Reina



Mack tenía dos madres que le daban todo lo que quería.  A los cinco años quiso chuches y sus madres le dieron una máquina expendedora de golosinas (lo que causó que a los diez años le dolieron las muelas y tuvieron que empastárselas). A los trece años, empezó a interesarse por el cine y sus madres le crearon un cine en el sótano de casa. A los dieciséis años se obsesionó con las boybands y sus madres la llevaron a todos los conciertos.
A pesar de que tenía todo lo que quería (o quizá por eso mismo), a los dieciocho años, le pidió a sus madres independizarse. Ellas no querían pero tras una amenaza por parte de Mack, decidieron comprar un terreno cerca de la vivienda familiar. Como una de ellas era arquitecta y la otra diseñadora industrial, en un momento tuvieron hechos los planos y el mobiliario de lo que sería la nueva casa de su retoño.
El diseño era bastante sencillo: una única planta con jardín y piscina. La puerta principal daba a un salón con una gran televisión y un equipo de sonido que era capaz de destruir las paredes si se ponía a máxima potencia. Por supuesto, era requisito esencial tener reproductor de música, además de una máquina productora de hielo y un almacén para ginebra y ron.
La habitación principal tenía su propio vestidor y baño con jacuzzi y tocador. Al cuarto de invitados, donde todos sus amigos iban a invocar a Dios sobre la cama de matrimonio con sábanas rojas, se unía también a un baño para que los fiesteros pudieran deshacerse del alcohol sin ensuciar el maquillaje y las cremas que se encontraban en su baño. Ese baño también tenía una puerta para acceder desde el gran salon el cual estaba prácticamente unido con la cocina. Ambos, que estaban prácticamente unidos, tenían unos grandes ventanales que conectaban con el gran patio y hacía que toda la casa fuera muy luminosa.
Habían contratado a varias personas para que mantuvieran la casa limpia y cocinaran cada día y, de ese modo, Mack pudiera estar todo el día tomando el Sol en el jardín o bañándose en la piscina.
Estuvo feliz viviendo allí durante los dos años siguientes. Organizaba fiestas cada fin de semana y durante la semana, ocupaba su tiempo en dibujar o leer en su estudia. Sin embargo, cuando cumplió los veinte años, la casa comenzó a antojársele solitaria. La cama de matrimonio se sentía vacía, demasiado grande para una persona. El vestidor tenía espacio para, al menos, las prendas de una persona más. Se había cansado de organizar fiestas dionisiacas, de retirar vasos rojos de la piscina, del alcohol.
Y entonces llamó a sus madres y le pidieron que le diseñaran un compañero. Sus madres crearon los pies de un chico y después continuaron subiendo por su cuerpo: piernas largas, pecho musculado, hombros anchos y su rostro. Ojos verdes, nariz alargada, labios rosados y carnosos… Un auténtico bombón.
Le colocaron en la puerta de su casa y Mack se puso muy contenta y estuvo con ese humor durante varios meses. Y luego, se volvió a sentir  vacía. El calor robótico no le era suficiente, los delicados dedos del autómata no la acariciaban como ella quería, sus besos no le sabían a nada.
Llamó de nuevo a sus madres y les reclamó que el robot no era lo que ella había pedido, que quería una persona de verdad. Y, por primera vez, las madres no fueron capaces de darle a su princesa lo que tanto ansiaba.