lunes, 25 de enero de 2016

Hasta el día siguiente

Él la miraba porque era guapa y parecía interesante.
Ella se dejaba mirar porque sentía que cada mirada era como un poquito de pegamento para su corazón.
Él repasaba sus apuntes antes de entrar a la universidad.
Ella leía clásicos antes de entrar a trabajar.
La vida de él se basaba en ir a clase y aguantar a los profesores.
La de ella, en cobrar camisetas y poner alarma a chaquetas.
Pero, cada día a las ocho de la mañana, se ponía enfrente del otro para observarse mejor.
Y él dejaba de pensar en trabajos, exámenes o compañeros de piso.
Y ella dejaba de pensar en clientes, vaqueros o zapatos.
Y pensaban el uno en el otro.
Él sentía que mirarla le ayudaba a tener un mejor día.
Ella, que sus sentimientos encerrados luchaban por encontrar la llave y liberarse.
Cuando estaban a punto de hablar, llegaba la estación de ella.
Y todo concluía….
Hasta el día siguiente.

domingo, 10 de enero de 2016

Polvo enamorado

Apoyo las manos en su pecho y me dejo llevar por su embriagador aroma varonil. Cierro los ojos y me permito disfrutar durante un momento de ese instante, de él, de nuestros cuerpos desnudos, de su musculoso brazo rodeándome la espalda, de mi pelvis sobre la suya, de nuestros alientos compartiendo el mismo espacio, de mi mejilla apoyada sobre su torso, escuchando el latido constante de su corazón.
Entrelazamos los dedos de ambas manos y dejo que me bese el hombro para luego subir por el cuello, morderme la mejilla y chuparme la nariz. Aparto la cara mientras me rio y le doy un golpe flojo en los abdominales, haciéndole sonreír. Me pone las manos sobre el cuello y con los pulgares me acaricia los pómulos.
– Ojalá pudiéramos estar así para siempre –me dice.
Me mira intensamente y veo el dolor en sus ojos castaños. Dolor por las pérdidas pasadas, dolor por no poder salvar a todo el mundo y dolor porque no entiende mis decisiones. En los momentos así, cuando estamos tan unidos que parecemos el mismo alma en dos cuerpos diferentes, es cuando deseo dejar de ser responsable y dejarme llevar por las pasiones.
Suspiro y se siente como si estuviera dando el último aliento (y quizás lo sea) de nuestra relación, de nuestro amor.
Bajo la vista hacia su cuello y jugueteo con los pelos de su nuca,
– Oye, ¿qué pasa? –me dice mientras me levanta la barbilla con el índice.
– Tengo que irme y no me quiero despedir –vuelvo a bajar la mirada.
Me acaricia los omóplatos y me besa la clavícula.
– Eh –para por un momento de besar y acariciarme y nos mirarnos intensamente– esto no es una despedida.
– ¿No sientes como si lo fuera?
No me contesta, pero por la expresión que tiene, sé que también lo piensa.
– Nos vamos a volver a ver muy pronto.
– ¿Lo prometes? –levanto el meñique y sonrío como una niña pequeña.
– Lo prometo –entrelaza el suyo con el mío y los besa con cuidado– Todo va a ir bien. No tengas miedo.
– No lo tengo –y lo digo enserio– solo tenía miedo a la muerte de mi hermana y ya no está.
Se queda un momento mirándome, reflexionando sobre lo siguiente que va a decir.
– ¿No tienes miedo de la muerte?
– No, –contesto casi al momento. Después de una pausa añado– al menos no de la mía.
Me levanto de encima suya y me acuesto a su lado, dándole la espalda. Varias lágrimas resbalan por miss mejillas. Me obligo a tranquilizarme y noto su manos sobre mi hombro, indecisas. Se acerca a mí y noto sus labios rozándome al oído, susurrando:
Tu pupila es azul y cuando ríes
su claridad suave me recuerda
el trémulo fulgor de la mañana
que en el mar se refleja

Tu pupila es azul y cuando lloras
las transparentes lágrimas en ella
se me figuran gotas de rocío
sobre una violeta

Tu pupila es azul y si en el fondo
como un punto de luz radia una idea
me parece en el cielo de la tarde
una perdida estrella”
– Es precioso –digo en un suspiro.
Me giro hacia él y chocamos las frentes. Nos besamos una última vez.
– Me tengo que ir –digo y cierro los ojos.
– Lo sé – me da un besa en la frente y se levanta– me voy a duchar porque no quiero verte ir.
Trago saliva y me tapo con las sábanas, lo que parece absurdo, ya que hemos estado haciendo el amor durante toda la noche.
– Dame un último beso –suplico– un beso de despedida.
Sonríe con la boca, porque los ojos están llorosos, se acerca a mí en pocas zancadas, me besa, al principio lentamente y después con tanta pasión que me tira sobre la cama. Baja las manos desde mi cara hasta el pecho desnudo y seguiría si no fuera porque le cojo la mano.
– Si no paro ahora, no pararé nunca –susurro en su oído.
Se separa y me observa, como para recordar todas mi facciones.
– Pues no paremos.
– Sabes que me tengo que ir. No lo hagas más complicado, por favor.
Estoy a punto de llorar.
– De acuerdo.
Me vuelve a besar y se levanta, quedándose enfrente mía. Le observo atentamente, empezando por su pelo castaño y alborotado, sigo por sus cejas pobladas, continuo por sus ojos marrones y plagados de dolor y, por último, sus labios, esos labios los cuales podría estar besándolos durante todo el día.
– Ten cuidado, por favor.
– Siempre lo tengo.
Sonríe de medio lado.
– Sabes que eso no es verdad.
Sonrío porque sé que tiene razón.
– Te quiero –me dice, se agacha y me coge de las manos– te quiero muchísimo. No importa donde estemos, ni lo que hagamos, siempre te querré. Recuérdalo
Empiezo a hacer un puchero y obligo a las lágrimas a no salir.
– ¿Siempre?
– Siempre –confirma– Hasta que me muera y, cuando eso pase, me reencarnaré y da igual en lo que me convierta, porque te encontraré y volverlos a reanudar lo nuestro en el mismo lugar en que lo dejamos –sonríe– “Mi cuerpo dejaré, no sin cuidado; Seré cenizas, más tendrá sentido; polvo seré, mas polvo enamorado”
Me llevo la mano a la boca y varias lágrimas ruedan.
– Yo... –empiezo a decir, pero no encuentro las palabras adecuadas que expresen lo que siento.
Me pone un dedo en los labios.
– No hace falta que digas nada. Solo quería que supieras que tú puede que no tengas miedo a tu propia muerte, pero yo si tengo miedo a que te vayas. Así que ten cuidado. Protégete aunque sea por mi.
Me besa la frente y se mete en el baño.
Me tomo un momento para serenarme y no llorar. Me paso las manos por el pelo, al borde de un ataque de ansiedad. Cojo aire y lo suelto lentamente, obligando a los latidos de mi corazón a ralentizarse. Cuando ya van todo lo lento que pueden ir, me levanto de la cama, me visto con unas mayas, una camiseta de manga corta y unas botas, todo negro y me hago una coleta alta. Me miro al espejo por última vez y en mis ojos azules, veo determinación, firmeza y, sobre todo, venganza.