Él la miraba porque era guapa y parecía interesante.
Ella se dejaba mirar porque sentía que cada mirada era como un poquito de pegamento para su corazón.
Él repasaba sus apuntes antes de entrar a la universidad.
Ella leía clásicos antes de entrar a trabajar.
La vida de él se basaba en ir a clase y aguantar a los profesores.
La de ella, en cobrar camisetas y poner alarma a chaquetas.
Pero, cada día a las ocho de la mañana, se ponía enfrente del otro para observarse mejor.
Y él dejaba de pensar en trabajos, exámenes o compañeros de piso.
Y ella dejaba de pensar en clientes, vaqueros o zapatos.
Y pensaban el uno en el otro.
Él sentía que mirarla le ayudaba a tener un mejor día.
Ella, que sus sentimientos encerrados luchaban por encontrar la llave y liberarse.
Cuando estaban a punto de hablar, llegaba la estación de ella.
Y todo concluía….
Hasta el día siguiente.
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