Ella no tenía un cuerpazo, de hecho, le sobraban algunos kilos. Cuando se ponía cosas ajustadas en vez de estar sexy, le quedaba ridículo. Casi nunca se arreglaba, solía ir con vaqueros y camisetas anchas. Siempre usaba deportivas en vez de tacones pese a ser bastante bajita.
No, no era un pivón. Pero tenía algo. Sus ojos derrochaban felicidad y ganas de vivir. Cada vez que la mirabas tus ojos se clavaban directamente en los de ella, no por su color (eran de un típico color marrón), si no porque te transmitían felicidad casi al instante. Y su sonrisa… Su sonrisa era capaz de derretir hasta el corazón más helado. Y su personalidad, aunque desconcertante a veces, no te hacía si no querer conocerla un poco más. Casi siempre era dulce, atenta y amable pero cuando se enfadaba sus ojos se convertían en un torbellino marrón, como si el cielo tranquilo se hubiese convertido en una espesa bruma. Gesticulaba mucho y, con una sola mirada iracunda, te hacía quedarte en el sitio. Cuando se enfadaba hablaba sin parar, decía cosas que te hacían daño y nunca sabía donde estaba el límite, pero sabía cuándo se equivocaba y no tenía ningún reparo en pedir perdón.
Si estaba triste, sus cálidas pupilas se convertían en una cascada con millones de kilómetros de caída libre, cuando la veías llorar se te entristecía el alma. A pesar de ello, ella siempre ponía la mayor de sus sonrisas y seguía andando, pasase lo que pasase, ella seguía en movimiento. No permitía que nada ni nadie la detuviese, ni el miedo ni el dolor. Parecía increíble cómo una persona tan pequeña podía ser tan fuerte, sacar fuerzas de flaqueza y seguir adelante, siempre mirando al futuro, nunca al pasado.
Tenía esperanza en la humanidad, esperanza en que las cosas fueran a ir mejor y no solo con su vida, si no con todo en su alrededor: tenía esperanza en que, algún día, todos los derechos humanos se cumplieran, tenía esperanza en abolir por completo la esclavitud y tenía esperanza en la libertad de la mujer y de los presos políticos.
Era una gozada oírla hablar de sus aficiones, porque ponía tanta fuerza y pasión que era imposible no contagiarte. Decía que el arte era lo que verdaderamente impulsaba a la humanidad, no los políticos, ni la economía ni los científicos, si no la música, la pintura, la escultura y la literatura. Solía expresarse con palabras que a menudo se le quedaban pequeñas para sus enormes sentimientos y eso le parecía frustrante. También decía que todo gran proyecto empieza con una idea pequeña pero muy ambiciosa y que al mundo le faltaban muchas de ésas.
Decía que el corazón de la sociedad son los actos que impulsan a una persona a dar su vida por otra, los actos cotidianos de amor, las acciones que hacen a una persona ayudar a otra sin intentar buscar un beneficio a cambio.
Ella era única y, pese a intentar encontrar a otra persona igual, nunca lo he hecho. Porque personas así solo se encuentran una vez y, cuando se van, lo hacen para no volver.