Las lágrimas caían sobre la almohada que, de haber tenido un pluviómetro computando las precipitaciones, se habría roto al no poder contabilizarlas. Mis mejillas estaban mojada, igual que mis ojos y que las sábanas y que la parte de la ciudad que se veía desde la ventana de mi cuarto.
Siempre había pensado en la lluvia como algo poético, como si las nubes hubieran soportado durante mucho tiempo la presión que suponía tener vapor de agua en su interior y un día, de repente, hubieran decidido sacar todo lo que tenían dentro, como si decidiera explotar. En cualquier caso, me gustaba llorar cuando llovía porque me hacía sentir que estaba menos sola y que alguien -aunque tan solo fuera un fenómeno atmosférico- me comprendía.
El nudo de la garganta apenas me dejaba respirar, muchos menos hablar. Quizás era mi castigo por ser como era, por desear lo que deseaba. Ninguna palabra acudía a mis cuerdas vocales, como si la parte del cerebro que se encargaba de los pensamientos no estuviera debidamente conectada con la que se ocupaba de hablar. Tampoco es que quisiera mantener una conversación, pero me asustaba el hecho de no poder gritar. El único sonido que se oía en la habitación -completamente blanca: desde las paredes y el techo, hasta los muebles de madera, las mantas y las sábanas- eran mis gemidos al intentar que el aire llegara a mi pulmones para poder oxigenar mi sangre que se sentía pesada, como si al corazón les costase latir.
Por debajo del ruido de mi cuerpo al intentar mantenerme con vida se oía el móvil, que no paraba de vibrar y de sonar a cada mensaje entrante que recibía. No le hacía caso porque, estaba casi segura, era del grupo de whatsapp de clase, o el de mis amigos. No había nadie que se preocupara por mí, así que no me preocupaba por nadie. Ni por mí, pero ese es otro tema.
Por una vez en mi vida, las piezas encajaban y qué putada. Cada mirada, cada pensamiento, cobraran sentido. Por fin mi corazón tenía colores, aunque mi vida estaba coloreada en escala de grises.
Me había enamorado y ni siquiera sabía cómo. Recordé sus manos, que tantas veces habían trenzado mi pelo y que ahora solo quería que se trenzaran con las mías, recordé dormir junto a ella tranquilamente y que, sin previo aviso, me besara e hiciera que el corazón se musicalizara a ritmo de un tambor tocando semicorcheas. Recordé su eterna sonrisa, las arrugas alrededor de sus preciosos ojos castaños, enamarcados con unas pestañas negras, largas y curvadas sin necesidad de rímel, su flequillo negro como el azabache cubriendo sus pestañas….
Me recordé a mí misma con ella. la sensación de plenitud que me absorbía cada vez que estaba a su lado, lo impulsiva que me volvía, tomando decisiones sin meditarlas demasiado, sin pensar en el pasado o en el futuro, solo nosotras y el sonido de nuestros cuerpos al chocarse.
Allí tumbada en mi cama, rodeada de poster de grupos que ni siquiera me gustaban ya, encogida para hacerme tan pequeña que desapareciese, me imaginé sus manos recorriendo la fina piel que cubría mis costillas, su brazo por debajo de mi pecho, sus piernas colándose entre mis rodillas y sus labios susurrándome al oído que fuera valiente.
Me gustaría serlo. Me gustaría presentarme ante mis padres tal y como soy. hacerles entender que no he elegido ser lesbiana, pero sí que elijo vivir siendo yo misma, ser feliz amando a mujeres en vez de a hombres.
Y, sin embargo, guardaba silencio. En el sistema monárquico absolutista que reinaba en mi casa con mi padre a la cabeza (y mi hermano como príncipe heredero) no había lugar para un solo error o defecto, para una salida de tono (nada de banderas arcoiris dentro del palacio gris). Las normas se seguían al pie de la letra, como una ley o una tabla de mandamientos.
Alargué la mano y agarré mi teléfono móvil, después de que este hubiera estado vibrando y sonando toda la tarde. Le hice caso porque había sonado el tono que le tenía asignado.
“No tengas miedo” -leí con su voz- “Estamos juntas. Decidas lo que decidas hacer, quiero que sepas que te apoyo”
Sonreí y apoyé el dispositivo sobre mi estómago. Me llevé las manos a los ojos y me aparté algunas lágrimas.
Por primera vez, no estaba sola cuando el mundo se caía a cachos a mi alrededor.
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