lunes, 25 de abril de 2016

Morado

El cañón de la pistola me presionaba la sien y, aunque apuntaba a mi cabeza, mi cuerpo lo sentía en todos lados. El corazón se había ensanchado tanto que chocaba con mis pulmones y mi esternón dolía tanto que deseaba que se parase y me diese un respiro.

-No puedo elegir -pronuncié, mi voz tan fina como un hilo.

Como respuesta, acercó todavía más el arma a mi cabeza y yo creí explotar antes de que mis sesos se convirtieran en puré.

Quería llorar, pero sabía que no serviría de nada, por lo que me contuve mordiéndome el labio fuertemente.

-Elige -repitió.

-Déjame más tiempo -supliqué, pero negó de nuevo, como las veces anteriores.

Cerré los ojos y fruncí el ceño. Y entonces una lágrima cayó por mi mejilla y recorrió todo mi rostro hasta toparse con el suelo.

La alarma sonó y yo sentí la bala rozándome la fina piel de la cabeza. Y elegí lo que primero vieron mis ojos, sin pensar, sin sentir, solo para librarme de la muerte. Y me agaché para seguir sintiendo el pulso de la vida corriendo por mis venas.

Cuando levanté la cabeza, una persona elegantemente trajeada me sonreía.

-Bienvenido a nuestro doble grado de Periodismo con Relaciones Internacionales. Espero que disfrute de los cinco años de estudio en nuestra universidad. Estamos encantados de que a partir de hoy sea un estudiante más de la Universidad Rey Juan Carlos.

lunes, 18 de abril de 2016

Celeste


Tambor.

Gemido.

Tambor.

Invocación a Dios.

Tambor.

Insulto.

Tambor.

Joder qué bien lo haces.

Tambor.

Sigue, que llego.

Tambor.

Espérame.

Tambor.

¡No puedo!

Tambor.

¡Que me esperes, joder! ¡Que estoy a punto!

Tambor.

Gemido final.

Tambor.

Suspiro.

Tambor.

Te quiero.

Tambor.

Se tumbó a su lado e intentó que su respiración se volviese lenta y profunda, pero era tan difícil que soltó una carcajada con el poco aire que quedaba. Y ella sonrió y se abrazó a él.

Estuvieron callados hasta que las cuerdas vocales consiguieron articular otra cosa que no fuese una frase cursi o un gemido.

El pecho de ella parecía un cielo y él estaba dispuesto a pintar con su dedo nubes blancas que cubriesen todo el lienzo, lo suficientemente separadas para que no tuvieran la posibilidad de juntarse y anunciar tormenta.

La espalda de él parecía un piano y ella la mejor música que existía porque sabía qué tecla tocar para que activase una cuerda y  sonase una risita, un gruñido o un gemido. Y sabía qué hacer para que él cerrase los ojos y sonriese.

Ya no quedan poetas que cantan su corazón porque el mundo se ha encargado de destrozar su espíritu; pero ellos, sin ser poetas, conseguían escribir los versos más bonitos nunca leidos. Solo les hacía falta que los tambores sonaran y la ropa desapareciese.

lunes, 11 de abril de 2016

Naranja

El concurso de Carnaval había comenzado. Siete billones de personas, todas vestidas con brillantes trajes. Competían para ver quién llevaba la máscara más bonita, por ver quién era el mejor vestido.

Yo veía todo desde la distancia porque las máscaras me resultaban incómodas. Mi madre me había insistido para que participara ("ponte esto, causarás muy buena impresión", "maquíllate un poco, tienes muy mala cara") pero yo había declinado la oferta. Cuando te disfrazas no puedes observar bien todo tu alrededor porque estás demasiado ocupado ajustándote el vestido, demasiado ocupado viéndote perfecto.

Estaba tan acostumbrado a las máscaras que no recordaba el rostro de nadie sin ellas. Sonrisa perfecta, mirada perfecta, piel perfecta. Yo preguntaba qué había debajo, pero nadie lo sabía.

Y entonces decidí levantarle la máscara a mi mejor amigo mientras dormía. Y lo que descubrí me horrorizó: detrás de ella había un esqueleto. No tenía ojos, no tenía labios, no tenía piel. Me asusté y huí a mi cama. Al día siguiente le pregunté quién era y él, riendo, me contó el personaje que le había tocado interpretar en la obra de teatro, cuando se puso la máscara por primera vez.

No recordaba quién era porque ya no sabía distinguir el personaje de la persona, dónde acababa el disfraz de la piel. Su alma estaba tan podrida que ni el perfume más caro podía ocultar el olor. Nunca lloraba, no podía sentir sino felicidad. Y me asustaba.

Hoy, desde la distancia que te otorga cumplir años, me arrepiento de haberme puesto mi máscara. Ya no me la puedo quitar porque me aterroriza mirarme. Me adorno con colores brillantes y compito con mis compañeros para ver quién viste mejor.

La máscara se ha convertido en mi refugio.

lunes, 4 de abril de 2016

Rosa

Mi abuela me encargó plantar flores en el jardín que había pertenecido a nuestra familia desde hacía tanto tiempo que no podía recordarlo. Ella me había explicado que las flores necesitan agua y luz solar para florecer y que debía proporcionárselos yo.

Y eso hice. Planté las semillas en una pequeña parcela y las cuidé con mucho esmero. Esperé y esperé atentamente a que salieran, pero nada ocurrió. Y yo me olvidé de ellas, porque tenía otras cosas más importantes que hacer, como terminar los deberes de matemáticas o estudiar historia. Y las semillas se acabaron muriendo porque nadie las cuidaba, nadie las ayudaba a crecer.

Un día decidí acercarme a ellas y observarlas. La tierra estaba empapada porque había llovido recientemente e imaginé a mis semillitas ahogadas, sus débiles raíces que apenas habían comenzado a salir asesinadas a causa del cielo. Y, entonces, mis lágrimas contribuyeron a esa catástrofe.

Mi abuela me preguntó por qué lloraba y yo le conté la desfortuna que habían corrido mis inexistentes flores y ella me regañó:

-No culpes al cielo por llover, porque esa es la función de las nubes. No culpes a tus semillas por no madurar. No culpes al Sol porque no ha salido. Cúlpate a ti mismo porque no les has dedicado el tiempo suficiente: no las has refugiado cuando diluviaba, no les has dado calor cuando estaba nublado. Siempre tenías cosas más importantes que hacer, otras prioridades. Tus semillas se han marchitado porque no les has dedicado el tiempo suficiente.

Y me di cuenta de que era muy egoísta querer admirar la belleza de las flores si antes no había supervisado el crecimiento de las semillas.