lunes, 18 de abril de 2016

Celeste


Tambor.

Gemido.

Tambor.

Invocación a Dios.

Tambor.

Insulto.

Tambor.

Joder qué bien lo haces.

Tambor.

Sigue, que llego.

Tambor.

Espérame.

Tambor.

¡No puedo!

Tambor.

¡Que me esperes, joder! ¡Que estoy a punto!

Tambor.

Gemido final.

Tambor.

Suspiro.

Tambor.

Te quiero.

Tambor.

Se tumbó a su lado e intentó que su respiración se volviese lenta y profunda, pero era tan difícil que soltó una carcajada con el poco aire que quedaba. Y ella sonrió y se abrazó a él.

Estuvieron callados hasta que las cuerdas vocales consiguieron articular otra cosa que no fuese una frase cursi o un gemido.

El pecho de ella parecía un cielo y él estaba dispuesto a pintar con su dedo nubes blancas que cubriesen todo el lienzo, lo suficientemente separadas para que no tuvieran la posibilidad de juntarse y anunciar tormenta.

La espalda de él parecía un piano y ella la mejor música que existía porque sabía qué tecla tocar para que activase una cuerda y  sonase una risita, un gruñido o un gemido. Y sabía qué hacer para que él cerrase los ojos y sonriese.

Ya no quedan poetas que cantan su corazón porque el mundo se ha encargado de destrozar su espíritu; pero ellos, sin ser poetas, conseguían escribir los versos más bonitos nunca leidos. Solo les hacía falta que los tambores sonaran y la ropa desapareciese.

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