Tambor.
Gemido.
Tambor.
Invocación a Dios.
Tambor.
Insulto.
Tambor.
Joder qué bien lo haces.
Tambor.
Sigue, que llego.
Tambor.
Espérame.
Tambor.
¡No puedo!
Tambor.
¡Que me esperes, joder! ¡Que estoy a punto!
Tambor.
Gemido final.
Tambor.
Suspiro.
Tambor.
Te quiero.
Tambor.
Se tumbó a su lado e intentó que su respiración se volviese lenta y profunda, pero era tan difícil que soltó una carcajada con el poco aire que quedaba. Y ella sonrió y se abrazó a él.
Estuvieron callados hasta que las cuerdas vocales consiguieron articular otra cosa que no fuese una frase cursi o un gemido.
El pecho de ella parecía un cielo y él estaba dispuesto a pintar con su dedo nubes blancas que cubriesen todo el lienzo, lo suficientemente separadas para que no tuvieran la posibilidad de juntarse y anunciar tormenta.
La espalda de él parecía un piano y ella la mejor música que existía porque sabía qué tecla tocar para que activase una cuerda y sonase una risita, un gruñido o un gemido. Y sabía qué hacer para que él cerrase los ojos y sonriese.
Ya no quedan poetas que cantan su corazón porque el mundo se ha encargado de destrozar su espíritu; pero ellos, sin ser poetas, conseguían escribir los versos más bonitos nunca leidos. Solo les hacía falta que los tambores sonaran y la ropa desapareciese.
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