lunes, 25 de abril de 2016

Morado

El cañón de la pistola me presionaba la sien y, aunque apuntaba a mi cabeza, mi cuerpo lo sentía en todos lados. El corazón se había ensanchado tanto que chocaba con mis pulmones y mi esternón dolía tanto que deseaba que se parase y me diese un respiro.

-No puedo elegir -pronuncié, mi voz tan fina como un hilo.

Como respuesta, acercó todavía más el arma a mi cabeza y yo creí explotar antes de que mis sesos se convirtieran en puré.

Quería llorar, pero sabía que no serviría de nada, por lo que me contuve mordiéndome el labio fuertemente.

-Elige -repitió.

-Déjame más tiempo -supliqué, pero negó de nuevo, como las veces anteriores.

Cerré los ojos y fruncí el ceño. Y entonces una lágrima cayó por mi mejilla y recorrió todo mi rostro hasta toparse con el suelo.

La alarma sonó y yo sentí la bala rozándome la fina piel de la cabeza. Y elegí lo que primero vieron mis ojos, sin pensar, sin sentir, solo para librarme de la muerte. Y me agaché para seguir sintiendo el pulso de la vida corriendo por mis venas.

Cuando levanté la cabeza, una persona elegantemente trajeada me sonreía.

-Bienvenido a nuestro doble grado de Periodismo con Relaciones Internacionales. Espero que disfrute de los cinco años de estudio en nuestra universidad. Estamos encantados de que a partir de hoy sea un estudiante más de la Universidad Rey Juan Carlos.

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