El concurso de Carnaval había comenzado. Siete billones de personas, todas vestidas con brillantes trajes. Competían para ver quién llevaba la máscara más bonita, por ver quién era el mejor vestido.
Yo veía todo desde la distancia porque las máscaras me resultaban incómodas. Mi madre me había insistido para que participara ("ponte esto, causarás muy buena impresión", "maquíllate un poco, tienes muy mala cara") pero yo había declinado la oferta. Cuando te disfrazas no puedes observar bien todo tu alrededor porque estás demasiado ocupado ajustándote el vestido, demasiado ocupado viéndote perfecto.
Estaba tan acostumbrado a las máscaras que no recordaba el rostro de nadie sin ellas. Sonrisa perfecta, mirada perfecta, piel perfecta. Yo preguntaba qué había debajo, pero nadie lo sabía.
Y entonces decidí levantarle la máscara a mi mejor amigo mientras dormía. Y lo que descubrí me horrorizó: detrás de ella había un esqueleto. No tenía ojos, no tenía labios, no tenía piel. Me asusté y huí a mi cama. Al día siguiente le pregunté quién era y él, riendo, me contó el personaje que le había tocado interpretar en la obra de teatro, cuando se puso la máscara por primera vez.
No recordaba quién era porque ya no sabía distinguir el personaje de la persona, dónde acababa el disfraz de la piel. Su alma estaba tan podrida que ni el perfume más caro podía ocultar el olor. Nunca lloraba, no podía sentir sino felicidad. Y me asustaba.
Hoy, desde la distancia que te otorga cumplir años, me arrepiento de haberme puesto mi máscara. Ya no me la puedo quitar porque me aterroriza mirarme. Me adorno con colores brillantes y compito con mis compañeros para ver quién viste mejor.
La máscara se ha convertido en mi refugio.
No hay comentarios:
Publicar un comentario