lunes, 4 de abril de 2016

Rosa

Mi abuela me encargó plantar flores en el jardín que había pertenecido a nuestra familia desde hacía tanto tiempo que no podía recordarlo. Ella me había explicado que las flores necesitan agua y luz solar para florecer y que debía proporcionárselos yo.

Y eso hice. Planté las semillas en una pequeña parcela y las cuidé con mucho esmero. Esperé y esperé atentamente a que salieran, pero nada ocurrió. Y yo me olvidé de ellas, porque tenía otras cosas más importantes que hacer, como terminar los deberes de matemáticas o estudiar historia. Y las semillas se acabaron muriendo porque nadie las cuidaba, nadie las ayudaba a crecer.

Un día decidí acercarme a ellas y observarlas. La tierra estaba empapada porque había llovido recientemente e imaginé a mis semillitas ahogadas, sus débiles raíces que apenas habían comenzado a salir asesinadas a causa del cielo. Y, entonces, mis lágrimas contribuyeron a esa catástrofe.

Mi abuela me preguntó por qué lloraba y yo le conté la desfortuna que habían corrido mis inexistentes flores y ella me regañó:

-No culpes al cielo por llover, porque esa es la función de las nubes. No culpes a tus semillas por no madurar. No culpes al Sol porque no ha salido. Cúlpate a ti mismo porque no les has dedicado el tiempo suficiente: no las has refugiado cuando diluviaba, no les has dado calor cuando estaba nublado. Siempre tenías cosas más importantes que hacer, otras prioridades. Tus semillas se han marchitado porque no les has dedicado el tiempo suficiente.

Y me di cuenta de que era muy egoísta querer admirar la belleza de las flores si antes no había supervisado el crecimiento de las semillas.

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