lunes, 2 de mayo de 2016

Amarillo

Su imagen nunca se me mostraba entera porque nunca se dejaba ver. A veces veía su nariz, otras veces su boca, otras veces sus cejas... Pero nunca conseguía verle al completo. Parecía que se quisiera esconder, aunque no sabía de qué. No había nada que ocultarme, no quería dañarle... Su puerta de diamante era tan pesada que no sabía si alguna vez alguien había conseguido abrirla, si alguna vez alguien había conseguido internarse en la habitación que escondía; lo que sí sabía es que su esplendor, el brillo que desprendía era irresistible y quería acariciarla para desgastarla poco a poco.


El palacio que había construido se había convertido en su cárcel y no podía cantar sin que el sonido del metal distorsionase su voz, no podía extender sus alas y volar a algún lugar en el que a nadie le importase si afinaba o no lo hacía... Quería escapar pero su pico no era lo suficientemente fuerte para abrir el cerrojo.


Hizo de su cuerpo una prisión y del reloj su carcelario. Tenía un reloj de pared, cuyo segundero sonaba más alto que cualquier cuco, y lo observaba cada día, esperaba cada día a que llegasen las dos en punto y entonces se levantaba y lo retrasaba dos horas. Y volvía a esperar... Su espera se resumía a manos sudorosas, ojos cerrados y mente con demasiado información orbitando de un lugar a otro.


Y yo le observaba. Le observaba esperar, le observaba agarrarse el pelo para intentar sacar las ideas dolorosas de su cráneo, le observaba crearse prohibicciones a sí mismo... Y dolía.


Dolía porque quería bucear en sus venas, quería mancharme con sus problemas y limpiarnos juntos, quería que me explicase porqué no dormía por la noche y por qué tenía miedo de que llegasen las dos...


"Háblame" le dije una vez... Pero lo único que consiguió mi voz fue empañar mi cristal.


Y me di cuenta de que mi cristal, mi máscara, se asemejaba tanto a la suya que era como verse en un espejo.


Y me di cuenta de que dos pájaros enjaulados no pueden volar juntos.

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