lunes, 30 de mayo de 2016

La chica del espejo

El espejo me devolvía una imagen que no era la mía. La chica del espejo sonreía y yo nunca sonreía. La chica del espejo parecía feliz, segura de sí misma y yo no era feliz ni estaba segura de mí misma.
El cabello castaño claro le caía por encima de los hombros liso y sus ojos azules irradiaban vida. Apenas se le marcaban unas pequeñas ojeras y las patas de gallo en los extremos indicaban que sonreía a menudo.
Esa no era yo. Yo no dormía casi nada y tampoco sonreía.
La persona reflejada sabía que le sobraran algunos kilos, que tenía demasiados mofletes, que no tenía el vientre plano y que el pelo se le engrasaba fácilmente. Pero también sabía que tenía los ojos de un precioso color azul y que eran capaces de expresar cualquier cosa en cualquier momento, sabía que tenía una sonrisa preciosa y unos labios carnosos.
Esa no era yo. Yo no era capaz de ver las cosas buenas de mí.
La chica reflejada sabía que tenía muy mal humor, que era incontrolable cuando se enfadaba y que a veces era insoportable. Pero también sabía que era inteligente, que sabía apañárselas sola y que daría todo por una causa que considerase justa.
Esa no era yo.
Y, sin embargo, nunca me había sentido tan yo. No es que antes no me gustara a mí misma, es que me odiaba. Odiaba mi cuerpo y mi cara y mis estúpidos mofletes y mi boca y mis brazos y mis muñecas. Me odiaba a mí misma de pies a cabeza, empezando por el pelo y terminando por los malditos huesos del pies, que eran demasiado anchos. Odiaba la estúpida manía de tener que escribir con la música a todo volumen y no ser capaz de madrugar por vaguería y no encajar.
Pero algo había cambiado. Me puse de lado y me miré. Y vi mi barriga asomando pero, en vez de culparme a mí misma, simplemente me dije “bueno, ¡ya sabemos donde han ido los donuts del desayuno!”
Y con una sonrisa me puse mi camiseta favorita, unos vaqueros que me hacían un culo estupendo y mis deportivas que me hacían sentir que caminaba en una nube. Encendí el ordenador para escuchar música con el volumen bien alto, molestando a los vecinos en la hora de la siesta.
“¡HOY ES MI DÍA!” me grité y parecía que la chica del espejo sentía lo mismo. Me guiñó un ojo y me incitó a pintarme los labios de rojo, maquillarme el ojo con eyeliner negro y rímel y yo me dejé llevar.
Estaba igual de pivonazo maquillada y sin maquillar, pero desde luego el rojo era mi color. Y el azul y el negro y el rosa y el morado y el verde y el gris…
Antes de salir de casa, volví para despedirme de la chica del espejo. Parecía orgullosa. Y, por primera vez, me daba igual que el mundo entero no estuviera orgulloso de mí. Yo lo estaba. Y eso era suficiente.
Me había enamorado de mí misma y no importaba que nadie más lo estuviese. Estaba en paz conmigo y con el mundo y me encontraba dispuesta a compartir mi amor con alguien que también quisiese compartir su amor propio.

No hay comentarios:

Publicar un comentario