lunes, 25 de julio de 2016

Camino

El suelo temblaba con cada paso que daba o al menos así lo sentía él. Parecía que se iba a abrir una brecha sobre el asfalto, como si fuera tan débil como su alma, la cual había sido destruida hacía unas semanas.
Se movía sin propósito aparente, guiado por un corazón que latía sin sentir. Hasta donde sus ojos llegaban todo era negro y, por un momento, se paró porque le daba miedo continuar avanzando y darse cuenta de que estaba podrido. Unos segundo después se presionó a sí mismo para continuar. El suelo se estabilizó bajo sus pies al llegar al final de la calle.
Por algún motivo, sabía que había llegado a su destino, y se sintió aliviado. Miró hacia abajo y solo vio una profundidad tan grande que a cualquiera le hubiera aterrorizado, pero que a él le reconfortó.
Se dejó caer, esperando, quizás, encontrarse con algo duro. Sin embargo, sintió que la velocidad de su cuerpo se ralentizaba conforme más abajo estaba y, al final, fue como caer sobre una almohada mullida.
Se atrevió a abrir los ojos, pero una luz cegadora hizo que los cerrara de nuevo.
-Tranquilo, aquí estarás a salvo -oyó susurrar a un hombre y la calma le invadió por completo.

lunes, 11 de julio de 2016

Finalizar

Recé a un Dios en el que no creía para que sus pulmones se vaciaran y expulsaran todo el agua que albergaban. Las lágrimas se escapaban de mis ojos sin pretenderlo, como si la tristeza pesara demasiado como para que mi alma la soportara y su espejo lo exteriorizaba con agua.
Agua. Su mayor problema que se había convertido en el mío.
Cuando se la llevaron en la camilla, de alguna forma, supe que su nuestra lucha había finalizado.
El semblante del doctor me lo confirmó.
Yo no pude hacer nada más aparte de dejar que mis rodillas se rindieran ante el peso muerto que suponía saber que había concluido.
El llanto rompió mis cuerdas vocales y, en mi momento de mayor locura, sentí su caricia y su voz susurrándome:
“Mi vida ha acabado aquí, pero la tuya no. Sigue viviendo por mis hermanos, por mamá y, sobre todo por ti, papá”

domingo, 3 de julio de 2016

Resaca




Dicen que todas las relaciones empiezan con un beso
y nosotros no íbamos a ser menos.
Porque, a pesar de que nos gustaba ir contracorriente,
cuando formábamos equipo, fluíamos en el mismo río que las demás parejas.
La diferencia es que nuestro primer beso fue con la mirada
y qué cliché
y qué típico
pero qué le vamos a hacer
si el amor está lleno de tópicos
de palabras cursis
de poemas
como el que te escribo ahora.


Una mañana decidiste bajar desde tu montaña y acercarte a mi orilla,
pero te diste cuenta de que te tendrías que desbordar para arrimarte
y no te importó,
así que me empapaste y creaste un golfo.
Me preguntaste por mi nombre,
me recomendaste libros
y yo a ti películas
y un día me besaste los labios
y yo no pude hacer otra cosa que cerrar los ojos y dejarme llevar por la corriente
Y así fue como despertaste algo en mi interior que llevaba siglos dormido,
con tanta calidez que casi me asustó
y fue la primera vez que el agua, lejos de apagar el fuego, lo prendió.


Y siguió encendiendo poco a poco todo mi cuerpo
y causó reacción en mi entrepierna
y también la besaste
porque creías que era tu responsabilidad
hacer que el agua rebosara de su cauce
y bebiste hasta secar la playa.
El problema radicaba en que a los cinco minutos,
volvía a izarse bandera verde
y tú te zambullías
y nadabas por mi cuerpo
y no parabas de bucear hasta tocarme
y acababas flotando en mi superficie
porque sumergirte te había agotado
y yo te dejaba dormir sobre mi pecho,
a pesar de que no permitía a nadie escucharme el corazón
porque me daba miedo que conociesen el ritmo de la canción a la que latía
y los versos que circulaban por mis venas,
pero contigo me daba igual,
porque sabías de mis noches en vela
y, en vez de huir asustada,
construiste un atrapasueños para protegerme.


Ahora sospecho que el amuleto ha caducado,
porque las pesadillas han vuelto
o a lo mejor no funciona porque ya no creo en él,
porque besaste mi mejilla,
porque tus bragas no están en la lavadora,
porque tus libros han desaparecido de mis estanterías,
porque mi casa ya no recuerda el sonido de tu risa,
porque he vuelto a masturbarme.
Supongo que llegamos al mar y nos perdimos en su inmensidad
o quizás me evaporé en un intento patético de llegar al cielo contigo.
No sé.
Lo que sí sé es que tu agua ya no moja mis dedos,
ni me sacia la sed,
que el golfo acabó siendo cabo,
y que el pequeño río consiguió devastar la costa
pero, joder,
qué vista más bonita.