El suelo temblaba con cada paso que daba o al menos así lo sentía él. Parecía que se iba a abrir una brecha sobre el asfalto, como si fuera tan débil como su alma, la cual había sido destruida hacía unas semanas.
Se movía sin propósito aparente, guiado por un corazón que latía sin sentir. Hasta donde sus ojos llegaban todo era negro y, por un momento, se paró porque le daba miedo continuar avanzando y darse cuenta de que estaba podrido. Unos segundo después se presionó a sí mismo para continuar. El suelo se estabilizó bajo sus pies al llegar al final de la calle.
Por algún motivo, sabía que había llegado a su destino, y se sintió aliviado. Miró hacia abajo y solo vio una profundidad tan grande que a cualquiera le hubiera aterrorizado, pero que a él le reconfortó.
Se dejó caer, esperando, quizás, encontrarse con algo duro. Sin embargo, sintió que la velocidad de su cuerpo se ralentizaba conforme más abajo estaba y, al final, fue como caer sobre una almohada mullida.
Se atrevió a abrir los ojos, pero una luz cegadora hizo que los cerrara de nuevo.
-Tranquilo, aquí estarás a salvo -oyó susurrar a un hombre y la calma le invadió por completo.
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