Recé a un Dios en el que no creía para que sus pulmones se vaciaran y expulsaran todo el agua que albergaban. Las lágrimas se escapaban de mis ojos sin pretenderlo, como si la tristeza pesara demasiado como para que mi alma la soportara y su espejo lo exteriorizaba con agua.
Agua. Su mayor problema que se había convertido en el mío.
Cuando se la llevaron en la camilla, de alguna forma, supe que su nuestra lucha había finalizado.
El semblante del doctor me lo confirmó.
Yo no pude hacer nada más aparte de dejar que mis rodillas se rindieran ante el peso muerto que suponía saber que había concluido.
El llanto rompió mis cuerdas vocales y, en mi momento de mayor locura, sentí su caricia y su voz susurrándome:
“Mi vida ha acabado aquí, pero la tuya no. Sigue viviendo por mis hermanos, por mamá y, sobre todo por ti, papá”
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