domingo, 3 de julio de 2016

Resaca




Dicen que todas las relaciones empiezan con un beso
y nosotros no íbamos a ser menos.
Porque, a pesar de que nos gustaba ir contracorriente,
cuando formábamos equipo, fluíamos en el mismo río que las demás parejas.
La diferencia es que nuestro primer beso fue con la mirada
y qué cliché
y qué típico
pero qué le vamos a hacer
si el amor está lleno de tópicos
de palabras cursis
de poemas
como el que te escribo ahora.


Una mañana decidiste bajar desde tu montaña y acercarte a mi orilla,
pero te diste cuenta de que te tendrías que desbordar para arrimarte
y no te importó,
así que me empapaste y creaste un golfo.
Me preguntaste por mi nombre,
me recomendaste libros
y yo a ti películas
y un día me besaste los labios
y yo no pude hacer otra cosa que cerrar los ojos y dejarme llevar por la corriente
Y así fue como despertaste algo en mi interior que llevaba siglos dormido,
con tanta calidez que casi me asustó
y fue la primera vez que el agua, lejos de apagar el fuego, lo prendió.


Y siguió encendiendo poco a poco todo mi cuerpo
y causó reacción en mi entrepierna
y también la besaste
porque creías que era tu responsabilidad
hacer que el agua rebosara de su cauce
y bebiste hasta secar la playa.
El problema radicaba en que a los cinco minutos,
volvía a izarse bandera verde
y tú te zambullías
y nadabas por mi cuerpo
y no parabas de bucear hasta tocarme
y acababas flotando en mi superficie
porque sumergirte te había agotado
y yo te dejaba dormir sobre mi pecho,
a pesar de que no permitía a nadie escucharme el corazón
porque me daba miedo que conociesen el ritmo de la canción a la que latía
y los versos que circulaban por mis venas,
pero contigo me daba igual,
porque sabías de mis noches en vela
y, en vez de huir asustada,
construiste un atrapasueños para protegerme.


Ahora sospecho que el amuleto ha caducado,
porque las pesadillas han vuelto
o a lo mejor no funciona porque ya no creo en él,
porque besaste mi mejilla,
porque tus bragas no están en la lavadora,
porque tus libros han desaparecido de mis estanterías,
porque mi casa ya no recuerda el sonido de tu risa,
porque he vuelto a masturbarme.
Supongo que llegamos al mar y nos perdimos en su inmensidad
o quizás me evaporé en un intento patético de llegar al cielo contigo.
No sé.
Lo que sí sé es que tu agua ya no moja mis dedos,
ni me sacia la sed,
que el golfo acabó siendo cabo,
y que el pequeño río consiguió devastar la costa
pero, joder,
qué vista más bonita.

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