lunes, 22 de agosto de 2016

Nirvana

Nirvana

Acarició la orilla de la camiseta y se la quitó con ganas. La tiró a un lado y pasó los dedos por su cuerpo. Mientras tanto él buscaba el broche de su sujetador y besaba sus labios.
Una gota crecía en la parte baja de su vientre y si no paraba podría convertirse en una gran cascada que lo inundara todo.
Se apartó del cuerpo del chico; sin embargo, sus manos seguían sobre el pecho de él, lo que parecía darle luz verde al otro. Intentó concentrarse y hacer que la humedad no saliera, que se quedara en su sitio, pero enseguida él volvió a buscar su boca, su lengua, su cue...
La cabeza venció al mismo tiempo que las piernas y se dejó caer en la cama mientras él hacía un truco de magia que consistía en hacer desaparecer toda la ropa. Se tumbó encima de ella, sus torsos tocándose. Besó sus clavículas, su pecho, su vientre y su boca bajaba hacia su pubis.
-Para -casi gritó ella al darse cuenta de lo que estaba pasando. El chico ignoró su grito ahogado y continuó lamiendo la parte interna de los muslos de ella y, por mucho que intentara retenerla, el agua estaba a punto de desbordarse.
Agarró su cabeza y la levantó. El chico miró el rostro de ella, confuso. Ella se mordió el labio y negó lentamente con la cabeza.
-Joder.
Se apartó frustrado y ella se sintió muy desnuda de repente. Se tapó con las manos y se encogió en sí misma. Se obligó a recordar que hacía apenas unos minutos estaba igual. Pero, claro, no es lo mismo que los ojos de tu amante vean solo una parte de tu dermis que el conjunto entero.
Se dio cuenta, de repente, de lo mayor que era él, de la cantidad de chicas con las que había estado, de lo pequeños que eran sus pechos, de lo pálida que era su piel. Empezó a tener miedo y frío.
-¿Qué pasa? -preguntó él. Posó la mano en la rodilla de ella y levantó la cabeza.
-No quiero hacerlo -contestó con un hilo de voz.
-Ya, algo había intuido -ironizó suavemente-, la pregunta es: ¿por qué?
Ella suspiró y cerró los ojos. Quería llorar, pero sabía que no podía. Se obligó a inhalar y exhalar y a tranquilizarse.
Joder, un cigarrillo le vendría tan bien...
Se levantó de la cama y se vistió en silencio. Cuando terminó, dejó caer las manos a ambos lados del cuerpo, inertes, puesto ya no sabía qué hacer con ellas. Solo parecía intuir lo que hacer cuando estaban en el cuerpo del chico.
-Déjame ayudarte -casi suplicó él.
Maddie rio histérica y se recordó que debía seguir respirando, que no debía dejar de concentrarse en sus pulmones cogiendo y expulsando aire, que no le podía dar un ataque de ansiedad.
Pero ya había comenzado.
El aire no era suficiente y sus manos sudaban.
El aire no era suficiente y sus ojos no soportaban la presión.
El aire no era suficiente pero sus pulmones seguían necesitando el estúpido oxígeno.
Comenzó a llorar y a hiperventilar y la habitación subía de temperatura. Se obligó a ralentizar los latidos de su corazón, pero no era capaz.
Respira, respira, respira, respira.
Pero su cuerpo no respondía. Quería correr, quería integrarse en una con la tierra y desaparecer; sin embargo,  sus pies estaban pegados al suelo.
Respira, respira, respira, respira.
Alargaba cada sílaba, intentando que sus pulmones recibieran la orden. Pero eran desobedientes y ella no tenía la paciencia suficiente. Necesitaba que cumplieran su función antes de que las llamas inundaran la estancia.
-Maddie, mírame. -ella levantó la cabeza y observó su cara. Estaba sudando-. Respira al mismo ritmo que yo. Inhala, exhala.
Ella lo intentó, de verdad que lo hizo, pero no era capaz. La habitación se hacía más pequeña a su alrededor, el agobio era cada vez más evidente. Cerró los ojos con fuerza y se repitió la orden.
Respira, respira, respira, respira,
A lo lejos escuchaba al chico diciéndole que le mirara, pero a ella se le había nublado la vista. Comenzó a temblar, pese a que cada vez hacía más y más calor.
Respira, respira, respira, respira.
El corazón le latía en la garganta, sus piernas no soportaban el peso y se aflojaron.
Respira, respira, respira, respira,
Se encogió en sí misma.
-¿Eso es fuego? -se alarmó el chico.
Levantó la cabeza y observó incrédula que estaba rodeada de llamas.
No he podido llegar tan lejos, se dijo.
Pero, por supuesto, lo había hecho.
Se levantó y salió de la habitación y, con ella, el incendio. Corrió, la tierra le ayudaba a continuar con su huida, como si tuviera brazos que la empujaban. Llegó a un descampado, notó que se hundía y supo que había perdido el control. Lloraba con ganas, porque se odiaba, porque no podía mantener una relación saludable.
Y entonces todo paró.
Cuando se despertó, estaba tumbada en una cama y, de algún modo, sabía que estaba en casa.
-¿Cuándo vas a madurar? -escuchó que le preguntaban -. No eres una niña de 13 años, Maddie.
Levantó la cabeza y se topó con los ojos de su madre. Se incorporó de un salto, dispuesta a enfrentarse a ella.
-Precisamente porque ya no tengo trece años me está pasando esto, ¡tú tienes la culpa! -gritó.
El suelo a sus pies comenzó a moverse, pero no se inmutó.
-¿Yo tengo la culpa?
-¡Tú me has creado! Yo no pedí nacer, fuiste tú quien buscaste revivir un matrimonio muerto y, por si fuera poco, -chilló y rompió el suelo entre ambas-, decidiste jugar a ser Dios, porque tu hija no era lo suficientemente perfecta para ti.
La ira crecía en su interior como lava en un volcán y sentía que estaba colorada.
-No soy capaz de intimidar con alguien porque la última vez que lo hice, ahogué a mi pareja. ¡Y me dices que madure!
-Solo eres una niñata viciosa -contestó la otra.
Maddie perdió la fuerza de repente. La tierra dejó de moverse, el huracán que comenzaba a formarse se convirtió en una suave brisa, la brecha se cerró.
-Déjame ayudarte -dijo su madre y se acercó a ella.
Y entonces las palabras cobraron sentido en su mente, como si las acabara de traducir. No era el hecho de no poder mantener relaciones sexuales, era que ni siquiera podía tener sentimientos demasiado fuertes para que no explotara cualquier cosa que tocara. Y ella tenía la culpa.
Ella había creado al monstruo.
-Déjame que te ayude yo a ti -respondió con una calma que ponía los pelos de punta.
Se recompuso de golpe y se acercó a ella. Envolvió el cuello con sus manos y la elevó. Observó el miedo en los ojos de su progenitora.
Se imaginó todo el aire que le había faltado fluyendo por sus brazos hasta llegar a sus manos. Se imaginó ese oxígeno traspasando su piel y aterrizando en las venas de su creadora, se imaginó las venas explotando por exceso de oxígeno, se imaginó a su madre muriendo.
Y ocurrió.
Los ojos se vaciaron de vida. Su boca dejó de boquear para pedir ayuda.
Maddie soltó el cadáver como el que se deshace de un mosquito. Se dio cuenta, de repente, de que el control era cuestión de práctica. Dominaría sus emociones, conseguiría que la atmósfera no cambiara con su estado de ánimo.
Con una sonrisa, levantó el dedo índice y encendió una llama. A continuación, la acercó a la cabeza libre de pensamiento de su madre y, con un gesto elegante, pasó el fuego por todo el cuerpo.
Y se incendió.
Contempló el incendio y, cuando se transformó en cenizas, giró el pie para abrir la tierra y enterrar lo último que quedaba de la que había sido su celadora.
Respiró aire fresco, dejó que los pulmones se ensancharan, dejó que la libertad invadiera su cuerpo y se alejó de la prisión.
Ella se ayudaría a sí misma.


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