lunes, 1 de agosto de 2016

Pintora

Cortó la fina piel de su muñeca izquierda, como había hecho ciento de veces, con la diferencia de que aquella vez el corte era vertical, desde las violáceas venitas pegadas a la mano hasta llegar a la mitad del antebrazo.
-No es suficiente -se dijo a sí misma-. Como siempre -añadió.
Hizo un nuevo corte junto al primero, más profundo y más largo. Dibujó un tercer corte, apretó más el lápiz y ocupó más espacio en el folio. A su lado, el primero parecía un simple boceto.Apoyó la espalda en la pared y se dejó caer hasta que el trasero tocó el suelo.
Sintió que perdía energía, la sangre manchó su camisón blanco y tiñó de corinto sus brazos, sus piernas desnudas y el suelo. Sabía perfectamente que estaba sola en casa, que nadie volvería hasta la noche y que podría destrozar el lienzo sin molestias.
Todo se llenó de rojo un momento antes de que la rocha pintara todo de negro.
Notó unas manos frías acariciando su frente, sus pestañas, nariz, mejillas y acabó en la mandíbula, rozando sus labios. No veía el rostro, pero estaba bastante segura de que era hermoso.
No tenía miedo.
Estaba a salvo.
-Ya nos veremos -oyó que susurraba y notó unos labios besando su frente.
Todo se volvió un remolino de colores, figuras sin delinear, objetos diluidos en un océano de oscuridad.
Lo siguiente que vio fue un techo blanco. Y lo siguiente, a su madre.
-¡Mi vida! -exclamó-. No te preocupes, todo irá bien.
Pero ella sabía que no era así.

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