No recordaba la última vez que no me había sentido cansada. Parecía que el insomnio se había mezclado con mi sangre y ahora fluía por mis venas como parte de mi anatomía.
Los párpados luchaban por mantenerse abiertos, y la cansina voz de la profesora no me ayudaba a permanecer despierta. Mi compañero de pupitre me dio un golpe en el brazo para que me despertase.
-¿No has dormido bien? -preguntó.
No he dormido. Punto. Quise contestar, pero en su lugar negué con la cabeza. Hacía mucho tiempo que no mostraba mis sentimientos, que mi cuerpo estaba rígido mientras que mis pensamientos autodestructivos se volvían flexibles para integrarse perfectamente en todos los rincones de mi mente.
La clase acabó, por fortuna, y yo me escabullí entre la gente porque no me apetecía que me preguntaran por qué las ojeras me llegaban hasta las mejillas o por qué tenía los ojos hinchados e inyectados en sangre.
Casi me sorprendía la facilidad que tenía cualquier cosa para derrumbarme. Me hacía pensar que mi felicidad estaba construida con porcelana fina y delicada, destructible con el mínimo golpe que le propinasen.
Mientras caminaba de vuelta a casa recordé la sonrisa de mi mejor amigo cuando cuatro meses antes había empezado a salir con un chico. Y cómo, ahora, tenía que rascar tiempo para poder tomar un café juntos.
Era un café lo que necesitaba para poder seguir con mi rutina diaria si no quería dormirme en pie. Hacía dos días que había salido de fiesta y el sentir el alcohol en mi estómago después de casi tres meses sin beber me había hecho plantearme por qué lo había dejado. Solo quería dormir más de cinco horas seguidas y la idea de emborracharme hasta perder el conocimiento resultaba demasiado tentadora.
Casi sin recibir la orden, mis piernas se movieron hasta el supermercado más cercano y allí compré una botella de un litro de ginebra. Caminé con paso rápido hasta llegar a casa y me senté en el suelo con la botella enfrente de mí. En mi interior se libraba la batalla del siglo. Beber o no beber: he ahí la cuestión. Sabía que no debía caer en mis antiguos hábitos, pero también sabía que lo siguiente a emborracharme era dormir. Y de verdad lo necesitaba.
Escuché la voz de mi amigo diciéndome que no lo hiciera, que había otras alternativas para poder dormir.
Bueno, si estuvieras aquí no estaría teniendo este debate, porque podría estar hablando contigo.
Agarré la botella y me llené la boca. Después tragué y el alcohol me quemó la garganta. Lo sentí aterrizar en mi estómago vacío. Sabía asqueroso. Pensé que si bebía rápido no me desagradaría tanto. Basándome en esa idea, cogí carrerilla. Me llenaba la boca, tragaba y volvía a empezar. No paré hasta que acabé con la mitad de la botella.
Me levanté y sentí la lengua entumecida, las piernas flojas y la cabeza dando vueltas sin parar.
Si creía que iba a tener ganas de reírme, me equivocaba. Solo me apetecía llorar hasta quedarme sin alcohol en las venas, llorar hasta quedarme deshidratada, llorar hasta que se me olvidara por qué había comenzado a llorar.
Lo que fue el llanto más grande de mi vida comenzó con una única lágrima resbalando tímidamente por mi mejilla, desgastando el maquillaje que me había aplicado unas horas antes. A esa le siguió otra, y otra, y otra y al final cayó una gran cascada que empapó el suelo de mi habitación.
Me sentía tan sola.
Mi madre trabajaba demasiadas horas como para escucharme, el cerebro de mi padre era demasiado lógico como para entender mis sentimientos, mi mejor amigo solo tenía tiempo y ojos para su novio y mis otros amigos estaban demasiado ocupados en la universidad.
Todo el mundo parecía tener algo mejor que hacer que preocuparse por mí, incluso yo misma. Llevaba tiempo sin cuidarme, pero los últimos habían resultado catastróficos. No cuidaba mi alimentación, hacía tiempo que no me calzaba las deportivas, había vuelto a fumar. Y el culmen de esa intoxicación era la media botella de Larios que me había terminado yo solita.
Quizá me de un coma etílico. No importa. No me importa. A nadie le importa.
Me tumbé en la cama y cerré los ojos. Por fin encontré la tranquilidad que llevaba meses buscando.