lunes, 26 de septiembre de 2016

Pecado

No recordaba la última vez que no me había sentido cansada. Parecía que el insomnio se había mezclado con mi sangre y ahora fluía por mis venas como parte de mi anatomía.
Los párpados luchaban por mantenerse abiertos, y la cansina voz de la profesora no me ayudaba a permanecer despierta. Mi compañero de pupitre me dio un golpe en el brazo para que me despertase.
-¿No has dormido bien? -preguntó.
No he dormido. Punto. Quise contestar, pero en su lugar negué con la cabeza. Hacía mucho tiempo que no mostraba mis sentimientos, que mi cuerpo estaba rígido mientras que mis pensamientos autodestructivos se volvían flexibles para integrarse perfectamente en todos los rincones de mi mente.
La clase acabó, por fortuna, y yo me escabullí entre la gente porque no me apetecía que me preguntaran por qué las ojeras me llegaban hasta las mejillas o por qué tenía los ojos hinchados e inyectados en sangre.
Casi me sorprendía la facilidad que tenía cualquier cosa para derrumbarme. Me hacía pensar que mi felicidad estaba construida con porcelana fina y delicada, destructible con el mínimo golpe que le propinasen.
Mientras caminaba de vuelta a casa recordé la sonrisa de mi mejor amigo cuando cuatro meses antes había empezado a salir con un chico. Y cómo, ahora, tenía que rascar tiempo para poder tomar un café juntos.
Era un café lo que necesitaba para poder seguir con mi rutina diaria si no quería dormirme en pie. Hacía dos días que había salido de fiesta y el sentir el alcohol  en mi estómago después de casi tres meses sin beber me había hecho plantearme por qué lo había dejado. Solo quería dormir más de cinco horas seguidas y la idea de emborracharme hasta perder el conocimiento resultaba demasiado tentadora.
Casi sin recibir la orden, mis piernas se movieron hasta el supermercado más cercano y allí compré una botella de un litro de ginebra. Caminé con paso rápido hasta llegar a casa y me senté en el suelo con la botella enfrente de mí. En mi interior se libraba la batalla del siglo. Beber o no beber: he ahí la cuestión. Sabía que no debía caer en mis antiguos hábitos, pero también sabía que lo siguiente a emborracharme era dormir. Y de verdad lo necesitaba.
Escuché la voz de mi amigo diciéndome que no lo hiciera, que había otras alternativas para poder dormir.
Bueno, si estuvieras aquí no estaría teniendo este debate, porque podría estar hablando contigo.
Agarré la botella y me llené la boca. Después tragué y el alcohol me quemó la garganta. Lo sentí aterrizar en mi estómago vacío. Sabía asqueroso. Pensé que si bebía rápido no me desagradaría tanto. Basándome en esa idea, cogí carrerilla. Me llenaba la boca, tragaba y volvía a empezar. No paré hasta que acabé con la mitad de la botella.
Me levanté y sentí la lengua entumecida, las piernas flojas y la cabeza dando vueltas sin parar.
Si creía que iba a tener ganas de reírme, me equivocaba. Solo me apetecía llorar hasta quedarme sin alcohol en las venas, llorar hasta quedarme deshidratada, llorar hasta que se me olvidara por qué había comenzado a llorar.
Lo que fue el llanto más grande de mi vida comenzó con una única lágrima resbalando tímidamente por mi mejilla, desgastando el maquillaje que me había aplicado unas horas antes. A esa le siguió otra, y otra, y otra y al final cayó una gran cascada que empapó el suelo de mi habitación.
Me sentía tan sola.
Mi madre trabajaba demasiadas horas como para escucharme, el cerebro de mi padre era demasiado lógico como para entender mis sentimientos, mi mejor amigo solo tenía tiempo y ojos para su novio y mis otros amigos estaban demasiado ocupados en la universidad.
Todo el mundo parecía tener algo mejor que hacer que preocuparse por mí, incluso yo misma. Llevaba tiempo sin cuidarme, pero los últimos habían resultado catastróficos. No cuidaba mi alimentación, hacía tiempo que no me calzaba las deportivas, había vuelto a fumar. Y el culmen de esa intoxicación era la media botella de Larios que me había terminado yo solita.
Quizá me de un coma etílico. No importa. No me importa. A nadie le importa.
Me tumbé en la cama y cerré los ojos. Por fin encontré la tranquilidad que llevaba meses buscando.

domingo, 18 de septiembre de 2016

Flecha

En un mundo liderado por hombres, ser mujer no es fácil. Si ser mujer hubiera sido sencillo, entonces ella hubiera tenido la mismas oportunidades que todos los demás chicos que se presentaban pero, al tener vagina, tenía que demostrar el doble para conseguir la mitad.
Si el mundo fuera justo, yo lo habría conseguido.
Se buscaba sucesor para el puesto de jefe de tribu. En teoría buscaban una persona, pero estaba claro que lo que querían era un hombre alto y fuerte. La persona tenía que ser capaz de dominar la espada, el arco y otras artes. Artes que ella conocía muy bien.
Cuando Dakota mostró su deseo de presentarse a las pruebas, muchos le dijeron que estaba loca, pero otros muchos la apoyaron y la admiraron. La mayoría de las mujeres pertenecían al segundo grupo y decían que ya era hora de que una mujer obtuviera el mando.
Las pruebas empezaron, no sin impedimentos para Dakota. Pronto descubrieron que era la mejor, incluso antes de que llegara su especialidad: el arco.
Sus flechas estaban en la espalda, el arco en la mano. Ese mismo día habían intentado envenenarla, pero se había sobrepuesto. Porque nadie iba a pararla.
Posicinó la flecha y tensó la cuerda. Apuntó a la diana, respiró y soltó. Cortó el aire y dio en el centro. Siguió lanzando y todas dieron en el centro.
Incluso la últimas, que fueron a parar en el corazón de todos los que no habían creído en ella.

lunes, 12 de septiembre de 2016

Decálogo para el perfecto estudiante



1. Asista todos los días a clase. No importa que haya dormido un par de horas, o que se le haya muerto un familiar, o que tenga depresión. La asistencia es completamente obligatoria, no importa su situación personal.

2. Lleve todos los apuntes al día, al igual que los trabajos. Si tiene un volumen excesivo de ejercicios, no tenga vida social. O no duerma.

3. Memorice. Agarre los apuntes o el libro de texto y lea el mismo párrafo hasta que se le quede grabado en el cerebro y sea capaz de repetirlo como un loro.

4. Vomite en el examen todo lo que ha memorizado anteriormente. Es muy importante que escriba a pie de la letra todo lo que ha estudiado si quiere obtener una buena calificación.

5. No se cuestione nada de lo que le digan. No piense por sí mismo. Asuma todo lo que el profesor o los libros de texto explican como si fuera una verdad absoluta. No se atreva a pensar.

6. No piense en otras cosas mientras está en clase. Aunque la lección sea aburrida y el profesor no sepa atraer su atención, deberá estar atendiendo constantemente. No se lo ocurra dibujar en clase o ser creativo.

7. No diga que un profesor le tiene manía. Evidentemente, los profesores no son personas sino extraterrestres, que no sienten ni agrado ni desagrado por sus alumnos. Si no consigue aprobar es problema de usted, no del maestro.

8. No exponga sus ideas en el aula a no ser que sean iguales a las del maestro. Es una completa falta de respeto no pensar lo mismo que alguien mayor que usted.

9. No tenga un mal día, en especial si está en un examen.

10. No culpe a la presión ni al estrés de sus malas calificaciones. Estos sentimientos son tan reales como los Reyes Magos o el Ratoncito Pérez. Usted solo es un vago.

11. Lo más importante: no critique al sistema educativo porque es perfecto. Usted se tiene que adaptar a las exigencias que el gobierno le impone.

lunes, 5 de septiembre de 2016

Óbito


Todo el mundo sabe que el momento idóneo para atacar un castillo es por la noche. Es en ese momento cuando aparece una grieta de debilidad y el miedo se cuela por ahí.
Por la noche, los valientes guardias tienen menos reflejos, los feroces cocodrilos están dormidos, los inquebrantables muros se derrumban. Es entonces cuando el castillo se ve frágil y desnudo.
Y es que todo cabe en una noche, desde fantasmas hasta musas.

Lo que ocurría con ese castillo es que pasados las 12 estaba demasiado cansado para envolverse en oro, para ocultarse en los enormes jardines. Era agotador permanacer siempre fuerte y ser capaz de soportar cualquier emboscada. No se podía permitir mostrar debilidad o le destruirían.

Por el día era fácil. El Sol iluminaba todo y las pocas sombras que creaba eran tan insignificantes que conseguía hacerlas irrelevantes.Se creía a salvo entre el silencio de las paredes.

Pero cuando la noche saludaba al cielo y despedía al Sol, toda la fachada se caía. El miedo revoloteaba y se posaba en todas las esquinas como si fuera una delicada mariposa.
Cada noche, el castillo rezaba a los dioses para que la luz llegara y todo acabara.  Pero el alba no llegaba y el castillo decidió desestructurarse piedra a piedra hasta que solo quedó un llanura en la que apenas había un par de amapolas.

Pese a lo que pueda parecer, no hay noche eterna y siempre le sucede la mañana, si estás dispuesto a verlo. Los guardias regresaron a sus torres con los reflejos recuperados, los cocodrilos despertaron, las murallas volvieron a su ser.

Pero la luz había tardado mucho en vencer a la oscuridad y ya no había castillo al que proteger.