Todo el mundo sabe que el momento idóneo para atacar un castillo es por la noche. Es en ese momento cuando aparece una grieta de debilidad y el miedo se cuela por ahí.
Por la noche, los valientes guardias tienen menos reflejos, los feroces cocodrilos están dormidos, los inquebrantables muros se derrumban. Es entonces cuando el castillo se ve frágil y desnudo.
Y es que todo cabe en una noche, desde fantasmas hasta musas.
Lo que ocurría con ese castillo es que pasados las 12 estaba demasiado cansado para envolverse en oro, para ocultarse en los enormes jardines. Era agotador permanacer siempre fuerte y ser capaz de soportar cualquier emboscada. No se podía permitir mostrar debilidad o le destruirían.
Por el día era fácil. El Sol iluminaba todo y las pocas sombras que creaba eran tan insignificantes que conseguía hacerlas irrelevantes.Se creía a salvo entre el silencio de las paredes.
Pero cuando la noche saludaba al cielo y despedía al Sol, toda la fachada se caía. El miedo revoloteaba y se posaba en todas las esquinas como si fuera una delicada mariposa.
Cada noche, el castillo rezaba a los dioses para que la luz llegara y todo acabara. Pero el alba no llegaba y el castillo decidió desestructurarse piedra a piedra hasta que solo quedó un llanura en la que apenas había un par de amapolas.
Pese a lo que pueda parecer, no hay noche eterna y siempre le sucede la mañana, si estás dispuesto a verlo. Los guardias regresaron a sus torres con los reflejos recuperados, los cocodrilos despertaron, las murallas volvieron a su ser.
Pero la luz había tardado mucho en vencer a la oscuridad y ya no había castillo al que proteger.
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