lunes, 31 de octubre de 2016

Líquido

Los pequeños charcos de la ciudad se habían convertido en hielo, o al menos la capa superior de ellos. El poco aliento de vida que salía de mi cuerpo se volvía visible al poco de expulsarlo, mis manos estaban escondidas en mis bolsillos, al igual que mi pelo, por dentro del gorro de lana.

Caminaba con la música sonando alto en mis cascos como único acompañante y la ciudad se me antojaba un lugar completamente diferente al que era unas horas antes. Era como si al cambiar mi interior el exterior hubiera hecho lo mismo y todo me parecía distinto, incluso yo misma.

Apenas unos minutos antes me había mirado en el espejo y mi mirada no parecía mía, mi cuerpo no era el que recordaba. Sentía que mi alma había pegado un estirón y ya no cabía en mi cuerpo.

En mis cascos sonaba una canción de rock y me di cuenta de que había puesto su lista de reproducción en un acto mecánico. Parecía que haber pasado toda la tarde con él no era suficiente y quería sentirle conmigo incluso estando separados.

Y, en realidad, lo que había causado ese cambio había sido algo fugaz, instantáneo. Sus manos tocando mi piel desnuda, intentando y consiguiendo llegar a mi alma. Nuestros cuerpos se habían entremezclado hasta llegar a un punto en el que no se sabía dónde empezaba el suyo y dónde el mío y era precioso verle suspirar, gemir y disfrutar tanto de mi cuerpo como yo del suyo.

Habíamos follado antes y había follado con otros chicos y chicas antes de él y algunos habían significado mucho para mí pero, desde luego, no tenía nada que compararse a lo que sentí con él aquella tarde.

Casi podía tocar el amor, podía sentir la confianza que me dejaba en cada uno de sus besos por mi pecho, podía sentir que me regalaba parte de él en cada caricia, para que me la quedase y la guardase.

Al terminar había descansado su torso sobre el mío y había apoyado la cabeza en el hueco de mi cuello. Le había arropado con mis brazos mientras su respiración se volvía más ligera y, cuando eso ocurrió, rodó para tumbarse a mi lado. Me giré sobre mi costado y comencé a dibujar sobre sus pectorales y su abdomen.

-Me voy a tener que ir -dije.

-Vale -respondió él.

Y no dijimos nada más, porque lo que habían dicho nuestras manos y nuestros labios en la cama era suficiente explicación.

lunes, 24 de octubre de 2016

Arte

Hoy he destapado todos los espejos porque me sentía valiente.
Mi reflejo estaba desnudo, por primera vez en mucho tiempo. Mi cabeza era un libro, mi cuerpo un lienzo. Todos mis sentimientos estaban escritos en las páginas del libro, todos mis recuerdos dibujados en el lienzo. Los colores y las palabras saltaban fuera de su soporte y llenaban todo de vida.
Y me he sentido bonita.
Todos estos años he creído que el maquillaje y la ropa taparían la carencia de complejidad, que me harían parecer más interesante. Hoy me he dado cuenta de que la simpleza es mi máxima cualidad.
Todo lo que pienso, todo lo que siento está en mi interior. Está escrito, dibujado, musicalizado en mi alma. Las cosas bonitas empiezan en el interior, en ese punto en el que la máscara es un simple accesorio y el cuerpo desnudo es la parte central del espectáculo.
¿La máscara soy yo o yo soy la máscara? Me he diluido en un mundo de colores, de baterías, de libros.
Sin embargo, de vez en cuando, la escritora reclama atención y decido escucharla, porque ella tiene mucho que decir en mi vida.
Me dice que me mire al espejo, que me desnude... solo durante un momento.
Y me gusta lo que veo.
Soy lo que siento y lo que siento me gusta. Es tan cálido que podría derretir el más frío invierno. Es tan colorido que podría causar una explosión de color en el agujero negro más profundo de todos.
Mi escritora me dice que mi bailarina, mi cantante, mi jovial, mi risueña, mi inmadura son más bonitas que ella. Pero mi escritora hace todo de corazón y quiero abrazarla, quiero besarla, quiero quererla muy fuerte.
Pero, antes de que pueda hacerlo, ella desaparece y me quedo sola enfrente del espejo.
Cierro los ojos, los pensamientos vuelven a su libro, los recuerdos se mimetizan con mi piel.
Escucho la voz de mi escritora.
"Yo soy tú. Sin ti yo no existiría"
Y sé que sin ella, yo tampoco existiría.

lunes, 17 de octubre de 2016

Dualismo

-Estás muy perdida -escuché una voz parecida a la mia.
Abrí los ojos y me incorporé. Mi cuerpo pesaba muchísimo y me costó despegar la espalda del colchón. No podía echar mano de mis recuerdos, no era capaz de acceder a la parte del cerebro donde se encontraban las emociones. No sabía reaccionar, como si una parte estuviera muerta.
-¿Esto te hace feliz? -escuché que repetían.
Apoyé un pie en el suelo y aparté una botella vacía de ginebra. La cabeza venció y se cayó entre mis piernas antes de que la boca comenzara a vomitar.
Mi cuerpo no era mío, estaba alejada de todo. Veía la escena como una mera espectadora, como si fuera una película y yo estuviera comiendo palomitas al otro lado de la pantalla.
-¿Te sientes plena? -pregunté.
La protagonista del film se levantó de la cama, no parecía notar los cristalitos que se le clavaban en la planta de los pies. Caminó hasta situarse de frente al espejo y su imagen ocupó todo el plano.
Al otro lado, la protagonista se vio a sí misma comiendo palomitas y se levantó hasta situarse de cara a ella.
-¿Quién eres? -me preguntó.
Guardé silencio al principio, pero parecía que mi boca sabía la forma de las palabras que tenía que pronunciar.
-Soy la parte de ti misma que todavía no ha muerto -contesté.
Vi que recibía la respuesta como un cañonazo y bajó la cabeza.
-¿Estoy muerta? -pregunté yo, ¿o era ella?
-¿Puedes recordar algo?
-No.
Alcé la mano hasta tocar la pantalla y ella hizo lo mismo con su espejo. Nuestras manos encajaban, como si fueran las mismas. Pero nosotras éramos personas diferentes, ¿no?
Cerré los ojos y al abrirlos me vi a mí misma a través de un espejo. La habitación estaba sucia, olía a alcohol y no se escuchaba nada. Me concentré en el frío suelo bajo los pies porque no quería perder el contacto con mi cuerpo.
-Es como si te hubieras olvidado de quién eres. De quién te quiere y te respeta, de quién te aprecia. Confundes ayuda con manipulación, amor con pasión. Pareces no recordar la fuerza interna que hacía que tu alma se moviese -dijo la persona del otro lado del espejo.
-Quizá mi alma ya no existe o se ha cansado de moverse.
-Veo en tu interior un montón de color,  mucha vida, mucha luz; pero te empeñas en empañarlo todo bajo ropa cara y alcohol.
Me dejé caer sobre las rodillas y me envolví en mí misma. Ella me acompañó y tocó el espejo en el mismo lugar donde estaba mi rodilla. Me permití llorar.
-Es el momento de aceptar que existe un vacío en vez de intentar llenarlo de placeres momentáneos. Es el momento de abrazarte -dijo.
Sentí su mano tocando mi rodilla y cerré los ojos para que las lágrimas no escocieran.
Al dejar la oscuridad y encontrarme con la luz, mi cuerpo estaba pasando la pantalla. Primero los dedos, después las muñecas, los codos, los hombros. Situé cada parte de mi cuerpo en la de ella y me fundí poco a poco.
-Muchas gracias -pronunció ella.
Yo solo envié calidez por todo su cuerpo y sonrió.
Una vez juntas, ni el alcohol ni los objetos podrían parar el camino hacia la reconciliación.

lunes, 10 de octubre de 2016

Transmigracuón

Cerró los ojos, estiró la espalda y echó los hombros hacia atrás. Intentó relajarse, pero los músculos se empeñaban en seguir tensos.

-Es normal que tengas miedo -escuchó-, yo también lo tuve la primera vez.

-No tengo miedo -se apresuró a contestar.

Sintió que le acariciaban la espalda en un intento inútil de destensarla. Después un apretón en el hombro y ella supo que había llegado el momento.

Se concentró en el cuerpo que estaba enfrente de ella, formó una imagen mental de la figura, todas las curvas, pliegues, redondeces. Trazó las líneas de su mente muerta e imaginó que su alma salía de su cuerpo y se metía en la de la otra persona.

Cuando abrió los ojos, vio su cuerpo inerte enfrente.

De repente, ya no era ella. Sus recuerdos y, por tanto, su esencia, había quedado arrinconados en un lugar de su mente tan recóndito que no era capaz de acceder a ellos. En las capas de su conciencia revoloteaban los recuerdos de la muerta y se dio cuenta de que su forma de actuar, su personalidad, sus pensamientos, ya no eran los propios.

Miró asustada a un lado y a otro y gritó que eso no era lo que ella quería, que quería tener su misma personalidad.

-Desactívala -le indicó su maestro.

Se volvió a concentrar e intentó agarrar la parte de conciencia que le quedaba, la atrapó con fuerza y tiró de ella hasta que la situó en el centro de su cerebro. La estiró para que inundara todo y, por fin, lo consiguió. Volvía a ser ella.

Su maestro la miró primero y después observó su antiguo cuerpo.

-¿Qué quieres que haga con él?

-Tíralo, quémalo, guárdalo. Me da igual.

-¿Estás segura de que quieres hacer esto?

Ella asintió y se fue contoneándose camino a una nueva vida.

Había dejado el cuerpo que tantos problemas le había causado y, con él, había abandonado los complejos. Se había convertido en una mujer nueva segura de sí misma.

O eso pensaba ella.

Pronto se dio cuenta de que pese a tener un cuerpo magnífico, seguía sin sentirse cómoda. Seguía sin poder callar a la vocecilla que le decía que era ridícula o que era una pérdida de tiempo y espacio.

El cuerpo no deja de ser un mero soporte del alma y esta no había dejado de estar acomplejada.

Si quería un cambio verdadero en su vida, tenía que empezar por el interior y no por el exterior.

lunes, 3 de octubre de 2016

Fugacidad

Se sentía vacío. Después de que el chico se hubiera ido, lo único que sentía era un hueco en su alma tan grande que apenas le dejaba espacio para otro sentimiento. Se preguntó si la fugacidad de un momento de pasión merecía la pena a cambio de estar varios días conviviendo con ese espacio.
No entendía por qué no le hacía sentirse mejor mantener relaciones sexuales con chicos. Una vez se iban, caía de nuevo desde un décimo piso.
Pensaba que para intentar olvidarse de su exnovio lo mejor era hacer lo mismo que hacía con él con otros chicos, pero pronto descubrió que era contraproducente.
Deseó coger el teléfono para llamarle y decirle que le echaba de menos.
Pero sabía que eso tampoco era lo que quería.
Quería volver atrás en el tiempo, quería vivir en sus recuerdos, quería que todo volviera a ser como al principio de la relación.
No era posible, sin embargo.
Así que tocaba aprender a vivir en soledad.