Hoy he destapado todos los espejos porque me sentía valiente.
Mi reflejo estaba desnudo, por primera vez en mucho tiempo. Mi cabeza era un libro, mi cuerpo un lienzo. Todos mis sentimientos estaban escritos en las páginas del libro, todos mis recuerdos dibujados en el lienzo. Los colores y las palabras saltaban fuera de su soporte y llenaban todo de vida.
Y me he sentido bonita.
Todos estos años he creído que el maquillaje y la ropa taparían la carencia de complejidad, que me harían parecer más interesante. Hoy me he dado cuenta de que la simpleza es mi máxima cualidad.
Todo lo que pienso, todo lo que siento está en mi interior. Está escrito, dibujado, musicalizado en mi alma. Las cosas bonitas empiezan en el interior, en ese punto en el que la máscara es un simple accesorio y el cuerpo desnudo es la parte central del espectáculo.
¿La máscara soy yo o yo soy la máscara? Me he diluido en un mundo de colores, de baterías, de libros.
Sin embargo, de vez en cuando, la escritora reclama atención y decido escucharla, porque ella tiene mucho que decir en mi vida.
Me dice que me mire al espejo, que me desnude... solo durante un momento.
Y me gusta lo que veo.
Soy lo que siento y lo que siento me gusta. Es tan cálido que podría derretir el más frío invierno. Es tan colorido que podría causar una explosión de color en el agujero negro más profundo de todos.
Mi escritora me dice que mi bailarina, mi cantante, mi jovial, mi risueña, mi inmadura son más bonitas que ella. Pero mi escritora hace todo de corazón y quiero abrazarla, quiero besarla, quiero quererla muy fuerte.
Pero, antes de que pueda hacerlo, ella desaparece y me quedo sola enfrente del espejo.
Cierro los ojos, los pensamientos vuelven a su libro, los recuerdos se mimetizan con mi piel.
Escucho la voz de mi escritora.
"Yo soy tú. Sin ti yo no existiría"
Y sé que sin ella, yo tampoco existiría.
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