-Estás muy perdida -escuché una voz parecida a la mia.
Abrí los ojos y me incorporé. Mi cuerpo pesaba muchísimo y me costó despegar la espalda del colchón. No podía echar mano de mis recuerdos, no era capaz de acceder a la parte del cerebro donde se encontraban las emociones. No sabía reaccionar, como si una parte estuviera muerta.
-¿Esto te hace feliz? -escuché que repetían.
Apoyé un pie en el suelo y aparté una botella vacía de ginebra. La cabeza venció y se cayó entre mis piernas antes de que la boca comenzara a vomitar.
Mi cuerpo no era mío, estaba alejada de todo. Veía la escena como una mera espectadora, como si fuera una película y yo estuviera comiendo palomitas al otro lado de la pantalla.
-¿Te sientes plena? -pregunté.
La protagonista del film se levantó de la cama, no parecía notar los cristalitos que se le clavaban en la planta de los pies. Caminó hasta situarse de frente al espejo y su imagen ocupó todo el plano.
Al otro lado, la protagonista se vio a sí misma comiendo palomitas y se levantó hasta situarse de cara a ella.
-¿Quién eres? -me preguntó.
Guardé silencio al principio, pero parecía que mi boca sabía la forma de las palabras que tenía que pronunciar.
-Soy la parte de ti misma que todavía no ha muerto -contesté.
Vi que recibía la respuesta como un cañonazo y bajó la cabeza.
-¿Estoy muerta? -pregunté yo, ¿o era ella?
-¿Puedes recordar algo?
-No.
Alcé la mano hasta tocar la pantalla y ella hizo lo mismo con su espejo. Nuestras manos encajaban, como si fueran las mismas. Pero nosotras éramos personas diferentes, ¿no?
Cerré los ojos y al abrirlos me vi a mí misma a través de un espejo. La habitación estaba sucia, olía a alcohol y no se escuchaba nada. Me concentré en el frío suelo bajo los pies porque no quería perder el contacto con mi cuerpo.
-Es como si te hubieras olvidado de quién eres. De quién te quiere y te respeta, de quién te aprecia. Confundes ayuda con manipulación, amor con pasión. Pareces no recordar la fuerza interna que hacía que tu alma se moviese -dijo la persona del otro lado del espejo.
-Quizá mi alma ya no existe o se ha cansado de moverse.
-Veo en tu interior un montón de color, mucha vida, mucha luz; pero te empeñas en empañarlo todo bajo ropa cara y alcohol.
Me dejé caer sobre las rodillas y me envolví en mí misma. Ella me acompañó y tocó el espejo en el mismo lugar donde estaba mi rodilla. Me permití llorar.
-Es el momento de aceptar que existe un vacío en vez de intentar llenarlo de placeres momentáneos. Es el momento de abrazarte -dijo.
Sentí su mano tocando mi rodilla y cerré los ojos para que las lágrimas no escocieran.
Al dejar la oscuridad y encontrarme con la luz, mi cuerpo estaba pasando la pantalla. Primero los dedos, después las muñecas, los codos, los hombros. Situé cada parte de mi cuerpo en la de ella y me fundí poco a poco.
-Muchas gracias -pronunció ella.
Yo solo envié calidez por todo su cuerpo y sonrió.
Una vez juntas, ni el alcohol ni los objetos podrían parar el camino hacia la reconciliación.
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