Los pequeños charcos de la ciudad se habían convertido en hielo, o al menos la capa superior de ellos. El poco aliento de vida que salía de mi cuerpo se volvía visible al poco de expulsarlo, mis manos estaban escondidas en mis bolsillos, al igual que mi pelo, por dentro del gorro de lana.
Caminaba con la música sonando alto en mis cascos como único acompañante y la ciudad se me antojaba un lugar completamente diferente al que era unas horas antes. Era como si al cambiar mi interior el exterior hubiera hecho lo mismo y todo me parecía distinto, incluso yo misma.
Apenas unos minutos antes me había mirado en el espejo y mi mirada no parecía mía, mi cuerpo no era el que recordaba. Sentía que mi alma había pegado un estirón y ya no cabía en mi cuerpo.
En mis cascos sonaba una canción de rock y me di cuenta de que había puesto su lista de reproducción en un acto mecánico. Parecía que haber pasado toda la tarde con él no era suficiente y quería sentirle conmigo incluso estando separados.
Y, en realidad, lo que había causado ese cambio había sido algo fugaz, instantáneo. Sus manos tocando mi piel desnuda, intentando y consiguiendo llegar a mi alma. Nuestros cuerpos se habían entremezclado hasta llegar a un punto en el que no se sabía dónde empezaba el suyo y dónde el mío y era precioso verle suspirar, gemir y disfrutar tanto de mi cuerpo como yo del suyo.
Habíamos follado antes y había follado con otros chicos y chicas antes de él y algunos habían significado mucho para mí pero, desde luego, no tenía nada que compararse a lo que sentí con él aquella tarde.
Casi podía tocar el amor, podía sentir la confianza que me dejaba en cada uno de sus besos por mi pecho, podía sentir que me regalaba parte de él en cada caricia, para que me la quedase y la guardase.
Al terminar había descansado su torso sobre el mío y había apoyado la cabeza en el hueco de mi cuello. Le había arropado con mis brazos mientras su respiración se volvía más ligera y, cuando eso ocurrió, rodó para tumbarse a mi lado. Me giré sobre mi costado y comencé a dibujar sobre sus pectorales y su abdomen.
-Me voy a tener que ir -dije.
-Vale -respondió él.
Y no dijimos nada más, porque lo que habían dicho nuestras manos y nuestros labios en la cama era suficiente explicación.
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