Cerró los ojos, estiró la espalda y echó los hombros hacia atrás. Intentó relajarse, pero los músculos se empeñaban en seguir tensos.
-Es normal que tengas miedo -escuchó-, yo también lo tuve la primera vez.
-No tengo miedo -se apresuró a contestar.
Sintió que le acariciaban la espalda en un intento inútil de destensarla. Después un apretón en el hombro y ella supo que había llegado el momento.
Se concentró en el cuerpo que estaba enfrente de ella, formó una imagen mental de la figura, todas las curvas, pliegues, redondeces. Trazó las líneas de su mente muerta e imaginó que su alma salía de su cuerpo y se metía en la de la otra persona.
Cuando abrió los ojos, vio su cuerpo inerte enfrente.
De repente, ya no era ella. Sus recuerdos y, por tanto, su esencia, había quedado arrinconados en un lugar de su mente tan recóndito que no era capaz de acceder a ellos. En las capas de su conciencia revoloteaban los recuerdos de la muerta y se dio cuenta de que su forma de actuar, su personalidad, sus pensamientos, ya no eran los propios.
Miró asustada a un lado y a otro y gritó que eso no era lo que ella quería, que quería tener su misma personalidad.
-Desactívala -le indicó su maestro.
Se volvió a concentrar e intentó agarrar la parte de conciencia que le quedaba, la atrapó con fuerza y tiró de ella hasta que la situó en el centro de su cerebro. La estiró para que inundara todo y, por fin, lo consiguió. Volvía a ser ella.
Su maestro la miró primero y después observó su antiguo cuerpo.
-¿Qué quieres que haga con él?
-Tíralo, quémalo, guárdalo. Me da igual.
-¿Estás segura de que quieres hacer esto?
Ella asintió y se fue contoneándose camino a una nueva vida.
Había dejado el cuerpo que tantos problemas le había causado y, con él, había abandonado los complejos. Se había convertido en una mujer nueva segura de sí misma.
O eso pensaba ella.
Pronto se dio cuenta de que pese a tener un cuerpo magnífico, seguía sin sentirse cómoda. Seguía sin poder callar a la vocecilla que le decía que era ridícula o que era una pérdida de tiempo y espacio.
El cuerpo no deja de ser un mero soporte del alma y esta no había dejado de estar acomplejada.
Si quería un cambio verdadero en su vida, tenía que empezar por el interior y no por el exterior.
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