lunes, 14 de noviembre de 2016

Alturas


El última día de cada mes subía a la azotea del edificio más alto de mi ciudad. Allí, con el viento dibujando figuras con mi pelo, ensanchando mi camisa y creando corrientes que hacían bailar a mis manos y a mi mente, me sentaba y reflexionaba sobre el mes que acababa de terminar.

Las alturas me aportaban una tranquilidad que el suelo nunca había conseguido. Podía soñar que levantaba el vuelo y viajaba lejos, como un colibrí buscando el calor, podía imaginarme cayendo con el aire traspasando mi piel y podía verme convirtiéndome en materia y uniéndome a la brisa.

En la altura, veo a todas las personas pequeñas y me siento inmortal, invencible, grande. Siento que tengo el mundo en mis manos y puedo hacer lo que quiera con él.

No necesito alas para volar si mi alma es ligera, no necesito alas para volar si libero mis cadenas, no necesito alas para volar si mi corazón se atreve a hacer volteretas y a tirarse desde un trapecio.

Debajo de mí todo está contaminado, el pavimento está desgastado, las flores son cortadas por niños ridículos que quieren ser románticos. Aquí arriba se respira tranquilidad, libertad, pureza.

Allí nadie se pregunta nada, siguen la rutina impuesta como el mecanismo de un reloj, caminan sin pensar, un pie tras otro, miran sus móviles pero no observan la pequeña rendija de luz que se abre paso a través de la alcantarilla. Aquí escribo mi propio libro de filosofía, la luz entra a raudales en mi retina.

Ojalá pudiera vivir aquí.

Pero mi hora de descanso ha acabado y tengo que volver allí.

lunes, 7 de noviembre de 2016

Declive

Quizá solo intento ocultarme en este océano de colores:
labios rojos que destacan sobre la tez pálida,
mechones llamativos tapando la cara,
coronas de flores rosas en la cabeza,
sombra verde en los párpados
y pómulos decorados con colorete.

Las manos se me vacían de ilusión,
duermo pero no sueño.
Cierro lo ojos,
lo único que veo es oscuridad,
la esperanza se tiñe de negro.

Intento adornar la depresión con palabras melifluas,
pero se marchitan
antes de comenzar a florecer.

Camino, corro, me desplazo,
aleteo pero no alzo el vuelo,
emprendo la huida,
pero a todas partes me persigue mi enemigo.

La contaminación está en mí
-me digo y veo derretirse el hielo en el vaso de ginebra-
Muerto el perro,
se acabó la rabia
-añado.

El corazón tiene voz de tambores.
Me siento valiente al destrozar mis muñecas.
La partitura marca el ritmo,
dibujo una clave de sol,
una negra,
una blanca,
una corchea.

La música se vuelve muda.