El última día de cada mes subía a la azotea del edificio más alto de mi ciudad. Allí, con el viento dibujando figuras con mi pelo, ensanchando mi camisa y creando corrientes que hacían bailar a mis manos y a mi mente, me sentaba y reflexionaba sobre el mes que acababa de terminar.
Las alturas me aportaban una tranquilidad que el suelo nunca había conseguido. Podía soñar que levantaba el vuelo y viajaba lejos, como un colibrí buscando el calor, podía imaginarme cayendo con el aire traspasando mi piel y podía verme convirtiéndome en materia y uniéndome a la brisa.
En la altura, veo a todas las personas pequeñas y me siento inmortal, invencible, grande. Siento que tengo el mundo en mis manos y puedo hacer lo que quiera con él.
No necesito alas para volar si mi alma es ligera, no necesito alas para volar si libero mis cadenas, no necesito alas para volar si mi corazón se atreve a hacer volteretas y a tirarse desde un trapecio.
Debajo de mí todo está contaminado, el pavimento está desgastado, las flores son cortadas por niños ridículos que quieren ser románticos. Aquí arriba se respira tranquilidad, libertad, pureza.
Allí nadie se pregunta nada, siguen la rutina impuesta como el mecanismo de un reloj, caminan sin pensar, un pie tras otro, miran sus móviles pero no observan la pequeña rendija de luz que se abre paso a través de la alcantarilla. Aquí escribo mi propio libro de filosofía, la luz entra a raudales en mi retina.
Ojalá pudiera vivir aquí.
Pero mi hora de descanso ha acabado y tengo que volver allí.