lunes, 29 de agosto de 2016

Reina



Mack tenía dos madres que le daban todo lo que quería.  A los cinco años quiso chuches y sus madres le dieron una máquina expendedora de golosinas (lo que causó que a los diez años le dolieron las muelas y tuvieron que empastárselas). A los trece años, empezó a interesarse por el cine y sus madres le crearon un cine en el sótano de casa. A los dieciséis años se obsesionó con las boybands y sus madres la llevaron a todos los conciertos.
A pesar de que tenía todo lo que quería (o quizá por eso mismo), a los dieciocho años, le pidió a sus madres independizarse. Ellas no querían pero tras una amenaza por parte de Mack, decidieron comprar un terreno cerca de la vivienda familiar. Como una de ellas era arquitecta y la otra diseñadora industrial, en un momento tuvieron hechos los planos y el mobiliario de lo que sería la nueva casa de su retoño.
El diseño era bastante sencillo: una única planta con jardín y piscina. La puerta principal daba a un salón con una gran televisión y un equipo de sonido que era capaz de destruir las paredes si se ponía a máxima potencia. Por supuesto, era requisito esencial tener reproductor de música, además de una máquina productora de hielo y un almacén para ginebra y ron.
La habitación principal tenía su propio vestidor y baño con jacuzzi y tocador. Al cuarto de invitados, donde todos sus amigos iban a invocar a Dios sobre la cama de matrimonio con sábanas rojas, se unía también a un baño para que los fiesteros pudieran deshacerse del alcohol sin ensuciar el maquillaje y las cremas que se encontraban en su baño. Ese baño también tenía una puerta para acceder desde el gran salon el cual estaba prácticamente unido con la cocina. Ambos, que estaban prácticamente unidos, tenían unos grandes ventanales que conectaban con el gran patio y hacía que toda la casa fuera muy luminosa.
Habían contratado a varias personas para que mantuvieran la casa limpia y cocinaran cada día y, de ese modo, Mack pudiera estar todo el día tomando el Sol en el jardín o bañándose en la piscina.
Estuvo feliz viviendo allí durante los dos años siguientes. Organizaba fiestas cada fin de semana y durante la semana, ocupaba su tiempo en dibujar o leer en su estudia. Sin embargo, cuando cumplió los veinte años, la casa comenzó a antojársele solitaria. La cama de matrimonio se sentía vacía, demasiado grande para una persona. El vestidor tenía espacio para, al menos, las prendas de una persona más. Se había cansado de organizar fiestas dionisiacas, de retirar vasos rojos de la piscina, del alcohol.
Y entonces llamó a sus madres y le pidieron que le diseñaran un compañero. Sus madres crearon los pies de un chico y después continuaron subiendo por su cuerpo: piernas largas, pecho musculado, hombros anchos y su rostro. Ojos verdes, nariz alargada, labios rosados y carnosos… Un auténtico bombón.
Le colocaron en la puerta de su casa y Mack se puso muy contenta y estuvo con ese humor durante varios meses. Y luego, se volvió a sentir  vacía. El calor robótico no le era suficiente, los delicados dedos del autómata no la acariciaban como ella quería, sus besos no le sabían a nada.
Llamó de nuevo a sus madres y les reclamó que el robot no era lo que ella había pedido, que quería una persona de verdad. Y, por primera vez, las madres no fueron capaces de darle a su princesa lo que tanto ansiaba.

lunes, 22 de agosto de 2016

Nirvana

Nirvana

Acarició la orilla de la camiseta y se la quitó con ganas. La tiró a un lado y pasó los dedos por su cuerpo. Mientras tanto él buscaba el broche de su sujetador y besaba sus labios.
Una gota crecía en la parte baja de su vientre y si no paraba podría convertirse en una gran cascada que lo inundara todo.
Se apartó del cuerpo del chico; sin embargo, sus manos seguían sobre el pecho de él, lo que parecía darle luz verde al otro. Intentó concentrarse y hacer que la humedad no saliera, que se quedara en su sitio, pero enseguida él volvió a buscar su boca, su lengua, su cue...
La cabeza venció al mismo tiempo que las piernas y se dejó caer en la cama mientras él hacía un truco de magia que consistía en hacer desaparecer toda la ropa. Se tumbó encima de ella, sus torsos tocándose. Besó sus clavículas, su pecho, su vientre y su boca bajaba hacia su pubis.
-Para -casi gritó ella al darse cuenta de lo que estaba pasando. El chico ignoró su grito ahogado y continuó lamiendo la parte interna de los muslos de ella y, por mucho que intentara retenerla, el agua estaba a punto de desbordarse.
Agarró su cabeza y la levantó. El chico miró el rostro de ella, confuso. Ella se mordió el labio y negó lentamente con la cabeza.
-Joder.
Se apartó frustrado y ella se sintió muy desnuda de repente. Se tapó con las manos y se encogió en sí misma. Se obligó a recordar que hacía apenas unos minutos estaba igual. Pero, claro, no es lo mismo que los ojos de tu amante vean solo una parte de tu dermis que el conjunto entero.
Se dio cuenta, de repente, de lo mayor que era él, de la cantidad de chicas con las que había estado, de lo pequeños que eran sus pechos, de lo pálida que era su piel. Empezó a tener miedo y frío.
-¿Qué pasa? -preguntó él. Posó la mano en la rodilla de ella y levantó la cabeza.
-No quiero hacerlo -contestó con un hilo de voz.
-Ya, algo había intuido -ironizó suavemente-, la pregunta es: ¿por qué?
Ella suspiró y cerró los ojos. Quería llorar, pero sabía que no podía. Se obligó a inhalar y exhalar y a tranquilizarse.
Joder, un cigarrillo le vendría tan bien...
Se levantó de la cama y se vistió en silencio. Cuando terminó, dejó caer las manos a ambos lados del cuerpo, inertes, puesto ya no sabía qué hacer con ellas. Solo parecía intuir lo que hacer cuando estaban en el cuerpo del chico.
-Déjame ayudarte -casi suplicó él.
Maddie rio histérica y se recordó que debía seguir respirando, que no debía dejar de concentrarse en sus pulmones cogiendo y expulsando aire, que no le podía dar un ataque de ansiedad.
Pero ya había comenzado.
El aire no era suficiente y sus manos sudaban.
El aire no era suficiente y sus ojos no soportaban la presión.
El aire no era suficiente pero sus pulmones seguían necesitando el estúpido oxígeno.
Comenzó a llorar y a hiperventilar y la habitación subía de temperatura. Se obligó a ralentizar los latidos de su corazón, pero no era capaz.
Respira, respira, respira, respira.
Pero su cuerpo no respondía. Quería correr, quería integrarse en una con la tierra y desaparecer; sin embargo,  sus pies estaban pegados al suelo.
Respira, respira, respira, respira.
Alargaba cada sílaba, intentando que sus pulmones recibieran la orden. Pero eran desobedientes y ella no tenía la paciencia suficiente. Necesitaba que cumplieran su función antes de que las llamas inundaran la estancia.
-Maddie, mírame. -ella levantó la cabeza y observó su cara. Estaba sudando-. Respira al mismo ritmo que yo. Inhala, exhala.
Ella lo intentó, de verdad que lo hizo, pero no era capaz. La habitación se hacía más pequeña a su alrededor, el agobio era cada vez más evidente. Cerró los ojos con fuerza y se repitió la orden.
Respira, respira, respira, respira,
A lo lejos escuchaba al chico diciéndole que le mirara, pero a ella se le había nublado la vista. Comenzó a temblar, pese a que cada vez hacía más y más calor.
Respira, respira, respira, respira.
El corazón le latía en la garganta, sus piernas no soportaban el peso y se aflojaron.
Respira, respira, respira, respira,
Se encogió en sí misma.
-¿Eso es fuego? -se alarmó el chico.
Levantó la cabeza y observó incrédula que estaba rodeada de llamas.
No he podido llegar tan lejos, se dijo.
Pero, por supuesto, lo había hecho.
Se levantó y salió de la habitación y, con ella, el incendio. Corrió, la tierra le ayudaba a continuar con su huida, como si tuviera brazos que la empujaban. Llegó a un descampado, notó que se hundía y supo que había perdido el control. Lloraba con ganas, porque se odiaba, porque no podía mantener una relación saludable.
Y entonces todo paró.
Cuando se despertó, estaba tumbada en una cama y, de algún modo, sabía que estaba en casa.
-¿Cuándo vas a madurar? -escuchó que le preguntaban -. No eres una niña de 13 años, Maddie.
Levantó la cabeza y se topó con los ojos de su madre. Se incorporó de un salto, dispuesta a enfrentarse a ella.
-Precisamente porque ya no tengo trece años me está pasando esto, ¡tú tienes la culpa! -gritó.
El suelo a sus pies comenzó a moverse, pero no se inmutó.
-¿Yo tengo la culpa?
-¡Tú me has creado! Yo no pedí nacer, fuiste tú quien buscaste revivir un matrimonio muerto y, por si fuera poco, -chilló y rompió el suelo entre ambas-, decidiste jugar a ser Dios, porque tu hija no era lo suficientemente perfecta para ti.
La ira crecía en su interior como lava en un volcán y sentía que estaba colorada.
-No soy capaz de intimidar con alguien porque la última vez que lo hice, ahogué a mi pareja. ¡Y me dices que madure!
-Solo eres una niñata viciosa -contestó la otra.
Maddie perdió la fuerza de repente. La tierra dejó de moverse, el huracán que comenzaba a formarse se convirtió en una suave brisa, la brecha se cerró.
-Déjame ayudarte -dijo su madre y se acercó a ella.
Y entonces las palabras cobraron sentido en su mente, como si las acabara de traducir. No era el hecho de no poder mantener relaciones sexuales, era que ni siquiera podía tener sentimientos demasiado fuertes para que no explotara cualquier cosa que tocara. Y ella tenía la culpa.
Ella había creado al monstruo.
-Déjame que te ayude yo a ti -respondió con una calma que ponía los pelos de punta.
Se recompuso de golpe y se acercó a ella. Envolvió el cuello con sus manos y la elevó. Observó el miedo en los ojos de su progenitora.
Se imaginó todo el aire que le había faltado fluyendo por sus brazos hasta llegar a sus manos. Se imaginó ese oxígeno traspasando su piel y aterrizando en las venas de su creadora, se imaginó las venas explotando por exceso de oxígeno, se imaginó a su madre muriendo.
Y ocurrió.
Los ojos se vaciaron de vida. Su boca dejó de boquear para pedir ayuda.
Maddie soltó el cadáver como el que se deshace de un mosquito. Se dio cuenta, de repente, de que el control era cuestión de práctica. Dominaría sus emociones, conseguiría que la atmósfera no cambiara con su estado de ánimo.
Con una sonrisa, levantó el dedo índice y encendió una llama. A continuación, la acercó a la cabeza libre de pensamiento de su madre y, con un gesto elegante, pasó el fuego por todo el cuerpo.
Y se incendió.
Contempló el incendio y, cuando se transformó en cenizas, giró el pie para abrir la tierra y enterrar lo último que quedaba de la que había sido su celadora.
Respiró aire fresco, dejó que los pulmones se ensancharan, dejó que la libertad invadiera su cuerpo y se alejó de la prisión.
Ella se ayudaría a sí misma.


lunes, 15 de agosto de 2016

Cristal

El cuerpo avanzaba lentamente gracias a la corriente y yo lo veía todo desde una posición privilegiada, desde el puente que servía para cruzar de un extremo a otro de la ciudad. A mi lado había un ramo de flores y unas velas que hacía tiempo que se habían consumido. Era una especie de altar para recordar a algún muerto, pero estaba bastante seguro de que él, estuviera donde estuviese, no se iba a dar cuenta del detalle que habían tenido.
Me parecía irónico que un puente lleno de candados jurando amor eterno, fuera también el espectador de tantas muertes. A veces el nexo entre el amor y la muerte es el mismo, se me ocurrió y al momento supe que era verdad.
No sabía los motivos que tenía aquella persona para quitarse la vida, pero los respetaba. Los brazos bailaban a su alrededor, como si fueran de trapo y sus piernas tenían un ángulo demasiado raro para que fuese natural.
No le había intentado parar porque, para empezar, ni siquiera me veía. Yo era invisible, de nuevo, y eso daba muchas ventajas: no me molestaban si iba por los pasillos, no tenía que encontrar las palabras correctas para exponer mi opinión porque no me preguntaban. Pero, a cambio, no podía gritar. Bueno, sí podía, pero nadie me escuchaba.
La única persona que se había dignado a ver a través de mi capa de invisibilidad, me había dicho que se me daba bien conectar cosas. Y yo sonreí, porque alguien me prestaba atención. A pesar de gustarme mi cualidad de camaleón, me gustaba que alguien se parase un momento y observase que mis manchas no eran las mismas que el fondo en el que me encontraba.
Para mi cerebro era sencillo encontrar conexiones y patrones. Era un ordenador que tenía carpetas y relacionaba cualquier cosa con cualquier otra. Relacionaba una expresión con alguna parecida descrita por un autor y le daba significado. Era como si cobrasen vida, de repente. Leer los rostros de la gente no es muy complicado, solo hay que despejar la incógnita de la ecuación: somos la sumas de nuestros recuerdos y experiencias, y la x solo es el sentimiento que nos impide descubrir cómo nos encontramos. Y luego ese sentimiento se une a los factores que conocemos, y la x es otra cosa. Y así durante toda nuestra vida.
Bajé la cabeza de nuevo y miré al ente desplazarse poco a poco por el río y recordé la escena final de El Principio. El mar donde desembocaba el río se me antojaba el desierto, con la diferencia de que la serpiente le había mordido minutos antes, al chocar su cabeza con una roca del fondo. Y eso me llevó a recordarla. Sus manos virando un bolígrafo, y creando la sensación de que se incendiaba en cada vuelta. Solía decir que los folios estaban desnudos y que se sentían avergonzados por ello. Creía que era responsabilidad de nosotros vestirlos con las más bonitas palabras, con los esbozos más hermosos, con partituras y, como última opción, operaciones matemáticas. Su visión de la vida había cambiado la mía.
Ella usaba los lapiceros para crear, los usaba como herramienta fundamental de trabajo; y para mí solo eran objetos que realizaban problemas. Ella era capaz de crear un problema y resolverlo con un par de trazos, yo solo era capaz de resolverlos y me llevaba horas hacerlo.
Y un día, nuestro tiempo se acabó. Nuestro reloj se paró a las seis en punto, que era a la hora que quedábamos para tomarnos un café antes de ir a la biblioteca a estudiar. Desapareció sin más y yo volví a ponerme mi capa de invisibilidad. Vagaba por los pasillos del instituto sin rumbo, esperando encontrar su calidez, esperando que me volviera a preguntar por mi vida, o por un problema de física.
Pero no apareció y yo dejé de ir a clase porque era demasiado doloroso ser incorpóreo. Porque, una vez que te acostumbras a alzar la voz, es muy difícil guardar silencio de nuevo.
Cerré los ojos y permití que una lágrima transparente me purificara las mejillas. El cuerpo hacía tiempo que había llegado a la desembocadura del mar, y la sangre ya se había diluido en el agua.
Qué poco importamos, pensé y sabía que era verdad. La sangre había desaparecido, su cuerpo desaparecería y, en unos años, nadie recordaría su existencia. Sería como si nunca hubiera nacido, como si no hubiera creado recuerdos en sí mismo o en los demás. Nos creemos bolígrafos que, aunque se tache con típex, siguen dejando huella, pero solo somos lápices duros que, al borrarnos, no dejamos marca.
Giré la cabeza al escuchar unos pasos a mi izquierda y observé la silueta que se acercaba. No la reconocí hasta que estuvo a unos centímetros de mí. Era ella, pero parecía no verme. Susurré su nombre, después lo grité, pero no pareció surtir efecto. Apoyó los brazos en la barandilla y miró al cielo oscuro, sin expresión. Necesitaba oírla hablar, necesitaba saber porqué se había ido, qué había hecho mal, cómo podríamos solucionarlo. Me acerqué y toqué su hombro, pero no se inmutó.
Me había vuelto invisible para ella. Me había vuelto invisible del todo.
Di un paso atrás, horrorizado al conocer la noticia. Había imaginado tantas veces ese momento… No me podía creer la forma en la que los acontecimientos se estaban llevando a cabo.
Se desplomó encima de las flores, como si sus rodillas no fueran capaces de soportar durante un segundo más su peso. Movió todas las velas de lugar e hizo que algunas se cayeran al agua y se fueran navegando por la misma ruta que el suicida. Se apartó una lágrima de la mejilla. Después bajó la cabeza y sacó del bolsillo una foto, la miró durante largo rato. La mojó con la lluvia que caía de su bosque y me acerqué de nuevo. Aunque estuviese fabricado de aire para su vista, deseaba intentar reconfortarla. Me agaché a su lado y cubrí su cuerpo con mi brazo. Intenté que notara mi caricia, que supiera que estaba con ella… Pero no me prestó atención. Y, de repente, su voz de fuego descongeló la noche.
-Te echo de menos -pronunció y acarició de nuevo la fotografía.
Miré la instatánea, donde solo había dos personas: ella y yo.
Y comprendí que los muertos sí saben los detalles que hacen los vivos por ellos, aunque al principio no sepan que están destinados a ellos.

lunes, 8 de agosto de 2016

Sal

Te veo desde abajo sonriendo.
La oscuridad se convierte en mi única luz,
los pulmones se encogen para necesitar menos aire.
Y tú me dices que respire.


Te veo desde abajo burlándote.
El pelo se extiende por todos lados,
la boca lucha por el oxígeno.
Y tú me dices que me amntenga con vida.


Te veo desde abajo fotografiándome.
La cabeza hace tiempo que perdió la consciencia,
los brazos aletean para salir a la superficie.
Y tú me dices que nade.


Me deshago de mis cadenas, me arranco la pesa de las muñecas,
obligo a mi corazón a realentizarse,
y vuelo.


Y sigo volando por encima del agua,
por encima de ti,
por encima de las nubes,
por encima de la tierra
y, cuando mis bronquios se llenan de pureza,
toco con mis pies el suelo
y te observo.


Y tú me suplicas que te perdone
mientras te agarro del cuello;
y tú me dices que era por mi bien,
mientras te sostengo sobre la nada;
y tú me gritas que me quieres mucho,
mientras te dejo caer al mar.


Y tú me ves desde abajo.
Y no me ves sonriendo
porque yo ya me he ido volando,
buscando a alguien que no me quiera tanto
y me quiera mejor.



lunes, 1 de agosto de 2016

Pintora

Cortó la fina piel de su muñeca izquierda, como había hecho ciento de veces, con la diferencia de que aquella vez el corte era vertical, desde las violáceas venitas pegadas a la mano hasta llegar a la mitad del antebrazo.
-No es suficiente -se dijo a sí misma-. Como siempre -añadió.
Hizo un nuevo corte junto al primero, más profundo y más largo. Dibujó un tercer corte, apretó más el lápiz y ocupó más espacio en el folio. A su lado, el primero parecía un simple boceto.Apoyó la espalda en la pared y se dejó caer hasta que el trasero tocó el suelo.
Sintió que perdía energía, la sangre manchó su camisón blanco y tiñó de corinto sus brazos, sus piernas desnudas y el suelo. Sabía perfectamente que estaba sola en casa, que nadie volvería hasta la noche y que podría destrozar el lienzo sin molestias.
Todo se llenó de rojo un momento antes de que la rocha pintara todo de negro.
Notó unas manos frías acariciando su frente, sus pestañas, nariz, mejillas y acabó en la mandíbula, rozando sus labios. No veía el rostro, pero estaba bastante segura de que era hermoso.
No tenía miedo.
Estaba a salvo.
-Ya nos veremos -oyó que susurraba y notó unos labios besando su frente.
Todo se volvió un remolino de colores, figuras sin delinear, objetos diluidos en un océano de oscuridad.
Lo siguiente que vio fue un techo blanco. Y lo siguiente, a su madre.
-¡Mi vida! -exclamó-. No te preocupes, todo irá bien.
Pero ella sabía que no era así.