El cuerpo avanzaba lentamente gracias a la corriente y yo lo veía todo desde una posición privilegiada, desde el puente que servía para cruzar de un extremo a otro de la ciudad. A mi lado había un ramo de flores y unas velas que hacía tiempo que se habían consumido. Era una especie de altar para recordar a algún muerto, pero estaba bastante seguro de que él, estuviera donde estuviese, no se iba a dar cuenta del detalle que habían tenido.
Me parecía irónico que un puente lleno de candados jurando amor eterno, fuera también el espectador de tantas muertes. A veces el nexo entre el amor y la muerte es el mismo, se me ocurrió y al momento supe que era verdad.
No sabía los motivos que tenía aquella persona para quitarse la vida, pero los respetaba. Los brazos bailaban a su alrededor, como si fueran de trapo y sus piernas tenían un ángulo demasiado raro para que fuese natural.
No le había intentado parar porque, para empezar, ni siquiera me veía. Yo era invisible, de nuevo, y eso daba muchas ventajas: no me molestaban si iba por los pasillos, no tenía que encontrar las palabras correctas para exponer mi opinión porque no me preguntaban. Pero, a cambio, no podía gritar. Bueno, sí podía, pero nadie me escuchaba.
La única persona que se había dignado a ver a través de mi capa de invisibilidad, me había dicho que se me daba bien conectar cosas. Y yo sonreí, porque alguien me prestaba atención. A pesar de gustarme mi cualidad de camaleón, me gustaba que alguien se parase un momento y observase que mis manchas no eran las mismas que el fondo en el que me encontraba.
Para mi cerebro era sencillo encontrar conexiones y patrones. Era un ordenador que tenía carpetas y relacionaba cualquier cosa con cualquier otra. Relacionaba una expresión con alguna parecida descrita por un autor y le daba significado. Era como si cobrasen vida, de repente. Leer los rostros de la gente no es muy complicado, solo hay que despejar la incógnita de la ecuación: somos la sumas de nuestros recuerdos y experiencias, y la x solo es el sentimiento que nos impide descubrir cómo nos encontramos. Y luego ese sentimiento se une a los factores que conocemos, y la x es otra cosa. Y así durante toda nuestra vida.
Bajé la cabeza de nuevo y miré al ente desplazarse poco a poco por el río y recordé la escena final de El Principio. El mar donde desembocaba el río se me antojaba el desierto, con la diferencia de que la serpiente le había mordido minutos antes, al chocar su cabeza con una roca del fondo. Y eso me llevó a recordarla. Sus manos virando un bolígrafo, y creando la sensación de que se incendiaba en cada vuelta. Solía decir que los folios estaban desnudos y que se sentían avergonzados por ello. Creía que era responsabilidad de nosotros vestirlos con las más bonitas palabras, con los esbozos más hermosos, con partituras y, como última opción, operaciones matemáticas. Su visión de la vida había cambiado la mía.
Ella usaba los lapiceros para crear, los usaba como herramienta fundamental de trabajo; y para mí solo eran objetos que realizaban problemas. Ella era capaz de crear un problema y resolverlo con un par de trazos, yo solo era capaz de resolverlos y me llevaba horas hacerlo.
Y un día, nuestro tiempo se acabó. Nuestro reloj se paró a las seis en punto, que era a la hora que quedábamos para tomarnos un café antes de ir a la biblioteca a estudiar. Desapareció sin más y yo volví a ponerme mi capa de invisibilidad. Vagaba por los pasillos del instituto sin rumbo, esperando encontrar su calidez, esperando que me volviera a preguntar por mi vida, o por un problema de física.
Pero no apareció y yo dejé de ir a clase porque era demasiado doloroso ser incorpóreo. Porque, una vez que te acostumbras a alzar la voz, es muy difícil guardar silencio de nuevo.
Cerré los ojos y permití que una lágrima transparente me purificara las mejillas. El cuerpo hacía tiempo que había llegado a la desembocadura del mar, y la sangre ya se había diluido en el agua.
Qué poco importamos, pensé y sabía que era verdad. La sangre había desaparecido, su cuerpo desaparecería y, en unos años, nadie recordaría su existencia. Sería como si nunca hubiera nacido, como si no hubiera creado recuerdos en sí mismo o en los demás. Nos creemos bolígrafos que, aunque se tache con típex, siguen dejando huella, pero solo somos lápices duros que, al borrarnos, no dejamos marca.
Giré la cabeza al escuchar unos pasos a mi izquierda y observé la silueta que se acercaba. No la reconocí hasta que estuvo a unos centímetros de mí. Era ella, pero parecía no verme. Susurré su nombre, después lo grité, pero no pareció surtir efecto. Apoyó los brazos en la barandilla y miró al cielo oscuro, sin expresión. Necesitaba oírla hablar, necesitaba saber porqué se había ido, qué había hecho mal, cómo podríamos solucionarlo. Me acerqué y toqué su hombro, pero no se inmutó.
Me había vuelto invisible para ella. Me había vuelto invisible del todo.
Di un paso atrás, horrorizado al conocer la noticia. Había imaginado tantas veces ese momento… No me podía creer la forma en la que los acontecimientos se estaban llevando a cabo.
Se desplomó encima de las flores, como si sus rodillas no fueran capaces de soportar durante un segundo más su peso. Movió todas las velas de lugar e hizo que algunas se cayeran al agua y se fueran navegando por la misma ruta que el suicida. Se apartó una lágrima de la mejilla. Después bajó la cabeza y sacó del bolsillo una foto, la miró durante largo rato. La mojó con la lluvia que caía de su bosque y me acerqué de nuevo. Aunque estuviese fabricado de aire para su vista, deseaba intentar reconfortarla. Me agaché a su lado y cubrí su cuerpo con mi brazo. Intenté que notara mi caricia, que supiera que estaba con ella… Pero no me prestó atención. Y, de repente, su voz de fuego descongeló la noche.
-Te echo de menos -pronunció y acarició de nuevo la fotografía.
Miré la instatánea, donde solo había dos personas: ella y yo.
Y comprendí que los muertos sí saben los detalles que hacen los vivos por ellos, aunque al principio no sepan que están destinados a ellos.
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